sábado, 17 de diciembre de 2011

La lucha de clases

Nicolás Quintaié
Taller de Comprensión y Producción de Textos I


Iniciaba el 2012 en Chile. Luis Orozco aparentaba ser un hombre normal: de unos cuarenta años, metro setenta, morocho, piel trigueña y flacucho. Sin embargo, estaba viviendo un calvario. Debía padecer la explotación en las minas durante doce horas al día para alimentar a sus famélicos, cuasi desnutridos hijos. Vivía en una villa miseria, a escasos metros de uno de los barrios más lujosos de Chile. La tendinitis, la artrosis, los niveles de toxicidad en el cuerpo y todo tipo de dolores, producto del trabajo sobreexigido, acomplejaban sus tareas. No obstante, el espíritu de lucha que poseía para continuar era inigualable.
Este sujeto era otra de las víctimas del sistema neoliberal impulsado por Piñera. Para palear la crisis internacional, el gobierno había caído en ajuste tras ajuste, a través de los consejos del FMI. Mientras tanto, parte de la clase media se proletarizaba. Los jóvenes debían trabajar ocho horas por día para poder afrontar la educación con fines de lucro que se dictaba. Y la clase trabajadora, encarnada en los mineros, debía soportar las concesiones del Estado que avalaban el usufructo de unos pocos. Había un capitalismo salvaje, a merced de los explotadores y los colosos financieros, que herían de muerte a la plebe.
Los intereses particulares y empresariales estaban enquistados en el poder, eran parte de la clase dirigente. El mercado anárquico era una de las de las premisas, orquestada a partir de la especulación empresarial. En efecto, las elites estaban en éxtasis y los sectores populares, desahuciados. Esta situación estaba sustentada socialmente por los Pinochetistas de clases medias y altas, que ejercían un pronunciado darwinismo social, manifestado en agresiones físicas y discursivas hacia los opositores.
Con el correr de los meses, Luis evidenció y tomó mayor conciencia de la marginalidad que planteaba el sistema. Lo que ganaba no le alcanzaba para comer. En ese contexto, vio cómo en la villa miseria en que vivía, su hijo de 10 años agonizaba producto de la exigua ingesta de alimentos. Orozco percibía que él era como un esclavo del siglo XVI en las minas, ante la opresión patronal, que coartaba su libertad. Pero no era un iluso. Este proletario tenía una prolífica formación para resistir, gracias a la influencia de su padre, otro obrero.
Ante la crisis, la tensión social fue en aumento. Las movilizaciones populares se repetían con asiduidad. Los opositores al régimen, principalmente la clase obrera y los jóvenes estudiantes, se habían aliado para derrocar a Piñera y a todos sus cómplices, para construir una sociedad que respondiera a los intereses de las clases oprimidas, y no de las elites económicas, empresariales y patriarcales de la derecha. Luis Orozco, luchador de alma, decidió unírseles.
En las manifestaciones, los rebeldes se distinguían por sus cuerpos famélicos, curtidos y rostros de tristeza, ocasionados por el hambre y el trabajo forzado. Multitudes se acercaban a la Casa de Gobierno, y allí encontraban la prepotencia de los carabineros, tutelados por Piñera.
Dado el activismo, el poder del resentimiento y su gran oratoria, el minero se erigió como el líder de los contestatarios. El hambre movilizaba y agrandaba a la muchedumbre. Orozco, por caso, organizaba saqueos para no morir de hambre y salvar a su familia, ya que estaba expuesto a ser detenido, o ejecutado furtivamente. Por otro lado, las disputas de clases continuaban su proceso de radicalización. La burguesía y los altos estamentos conservadores decidieron armarse y actuar como milicias para defender el modelo. Los subversivos exclamaban “igualdad y revolución”, los retrógrados preferían el “orden y la estabilidad”.
A principios de noviembre, Piñera evidenció que la represión oficial no había sido suficiente. Declaró el Estado de Sitio, lo que habilitaba a los carabineros a utilizar balas de plomo para disuadir. El enfrentamiento se tornó en una guerra civil, en una infernal barbarie. Una semana atrás, acaeció otra enorme movilización, ya que el gobierno continuaba con su tesitura.
Francotiradores, carabineros y milicias conformadas por las elites dominantes constituyeron la defensa al régimen. Luis Orozco estaba comandando las acciones de la ofensiva armada contra el Palacio de la Moneda. Repentinamente una bala anónima le perforó la sien y lo dejó sin vida, en medio del estupor general, que veía cómo se desangraba y agonizaba, con un enorme charco de sangre en rededor. Miles de rebeldes fueron encarcelados, malheridos y asesinados. Pero prometieron continuar con su lucha. . “No matamos a un hombre, sino a sus ideas”, piensan hoy los verdugos y los defensores del modelo.
¿Servirá la figura del mártir para que las clases populares logren vencer a Piñera y sus cómplices sociales, y así configurar una sociedad que responda a los intereses de la mayoría?
El tiempo lo dirimirá. La batalla no se diluyó, apenas comenzó.

viernes, 2 de diciembre de 2011

Del Gueto a una vida HD

Lucía Menchini
Taller de Comprensión y Producción de Textos I


Mariana tomó el vaso de agua y lo bebió hasta el último sorbo. No sabía si era de alguien más, o sinceramente, no quería averiguarlo. Hacía más de un día que ese líquido no recorría su garganta, y la incapacidad de seguir produciendo saliva estaba matándola de sed.
-¡Soltá eso!-, surgió de la nada.
Mariana sin poder desprenderse del recipiente plástico, echó a correr, dividiéndose entre la insuficiencia respiratoria que le podrucía el humo de la calle y la desnutrición que comenzaba a solapar sus contornos.
Cuando creyó verse segura, metió la lengua y arrasó con las gotas próximas, quién sabe cuándo volvería a tener la suerte de encontrarse con agua.
-¡Te tengo!¡Sos una ladrona!, ¿por qué tomaste mi vaso? Ahí conservaba la fuente de la vida, y vos me sacaste todo lo que me quedaba. ¿Ahora cómo va a vivir mi planta?
-¡Me estaba secando por dentro!-, exclamó, esperando encontrar una mínima luz de amparo en los ojos del muchacho.
- Esto no puede seguir así, vos no sos de este lado de la ciudad. La gente como vos debe irse al otro lado de la calle Gueto, ahí pertenecen. Y si no tienen agua, es porque es realmente cara, y al margen de que no se la merecen, es propiedad de este lado de la urbe, el sector HD.
Mariana había huido de su zona, esperando encontrar algo de agua, ya que su escasez mundial había elevado de tal modo su valor que, las personas de escasos recursos no podían pagarla. Esto daba como resultado muchas muertes por sed, siendo esta, la enfermedad “de moda” en la tierra.
Así, las diferencias entre los adinerados y los pobres se determinaba por quienes tenían o no acceso al agua. Y de este modo, se delimitaban los estratos sociales y claro pues, los modos de vida, las costumbres, los intereses, los tipos de actividades al aire libre y un sinfín de características más, que se delimitaban como dos orillas alrededor del tan preciado elemento.
-¿Y bien?, ¿cómo pretendés devolverme lo que sacaste?, o acaso será que esperás irte como si nada, como si lo que te bebiste fuese un puñado de tierra o un pedazo de ladrillo. Tendrás que pagarme, porque aquí el agua vale, y vas a ver lo que vale…
Mariana impregnó sus ojos con un temor invalidante, hasta que notició a su cuerpo que a estas alturas de la vida, ella se encontraba más allá del bien y del mal, y a pesar, podía escuchar el correr del agua por su cuerpo, y por un día había estado tan cerca de la paz, como de una vida HD.

jueves, 24 de noviembre de 2011

Lucía

Melina Graiver
Taller de Comprensión y Producción de Textos II


Un árbol. Una gota de rocío se deslizaba por la hoja anaranjada. Era otoño, un día que no hacía demasiado frío. Contemplaba la ventana, el árbol, la gota.
Tenía un papel en blanco frente a la mesa, pero no podía escribir, no había historias lindas que contar. El otoño es una de las estaciones más tristes. Sólo se escuchaba el ruido del viento que chocaba con las hojas de aquel árbol y como telón de fondo la radio. Una radio que últimamente no dice nada.
¿Qué escribir? ¿Para qué escribir? En este universo de nombres, no somos nadie, no se nos reconoce ni el derecho a la vida ya. Estoy pensando demasiado, no puedo pensar así. Vuelvo a la ventana, al árbol.
Dibujo mi nombre en ese papel, le pongo formas y colores. Definir su figura no me define a mí, pero me da ganas, esas ganas que ya no tengo, de ser escritora, de ser grande. Me da esperanza de llegar, de poder hablar. Pero no, no se puede, no tengo que pensar. Tengo que dibujar letras lindas en un papel, tengo que escribir en prosa. Hablar del otoño y de romances inventados.
Haber nacido mujer nos define de manera caótica. Ser parte de esta familia aún peor. Sus reglas, sus órdenes, sus secretos. Quiero huir a un lugar donde pueda ser eso que anhelo. Quiero gritar.
Me acomodo el pelo, me arreglo la falda y vuelvo a sentarme frente a esa ventana. Toda mi vida mirando una hoja en blanco que no dirá nada, que no verá nadie. La congoja que me aprieta el pecho y que me hace temblar los labios, dos lágrimas que se escapan y que seco rápidamente.
Se escuchan pasos, una conversación y silencio. Vuelve la radio a ser el único sonido monótono de la casa. Respiro profundo y calmo mis nervios. No debo pensar en eso, debo imaginarme reuniones felices, un novio generoso. No puedo ser escritora, debo dejar de leer esos libros extraños que robe de la biblioteca de la universidad. Debo dejar de hablar con Mario, papá no me lo perdonaría.
El reloj marca las tres. Debo definir qué voy a hacer, si voy a la reunión con Mario y sus amigos no podré volver a casa. Si me quedo, será una hoja en blanco.
-¿A dónde vas Lucía?
-A la biblioteca Mamá. Me olvide que tenía que devolver unos libros.
-No te tardes.
Solo un nombre, en el desierto de las palabras que se ahogaran en silencio… Sí, soy Lucía.

miércoles, 23 de noviembre de 2011

Fotones

Pedro Agustín Zudaire
Taller de Comprensión y Producción de Textos I



Su aspecto, mezcla de andrajosa refinada, evocaba un pasado diferente. Había cajas, atestadas de fotografías; simples mutilaciones de un cuerpo (encuadres). El baño era un laboratorio con paredes luminiscentes rojas. Tres bandejas, dos químicos, una ampliadora. El único ambiente que tenía, estaba hecho de “ventanas”. Podía programarle millones de paisajes diferentes.
Hablar de la muerte era penado por ley; el erotismo y el sexo también, junto con cualquier actitud que pueda inducir a ello. Era evidente, ya no cabían en el mundo. La tierra estaba plagada de personas; las políticas demográficas de estado eran verdaderos insecticidas, pero contra la raza humana; los glaciares formaban parte de los manuales de historias; los bosques eran como una aguja en un pajar.
Una computadora central registraba las conversaciones de todas las personas. Al nacer, les incrustaban microchips. Así, el estado, omnipresente, podía controlar a cualquier “desviado”.
Lo material era lo virgen, lo no dañado. Satín fotografiaba partes su cuerpo; preservaba los instintos prohibidos, congelaba pasiones. Revelaba en su laboratorio. Era obsesiva. Revelaba sólo para contemplar, luego, las imágenes. Le excitaba. No su cuerpo, sino las fotos, las fotos de su cuerpo; alguna que otra vez llegó a masturbarse, muy disimuladamente. Se avergonzó, pero estuvo en el podio de sus recuerdos.
Su infancia modelo no la diferenció de los demás. Añoraba a su familia, ya muerta, con el mismo rencor que le producía la vida, por aquello mismo. Hace años que no conversaba con nadie, le desagradaba. No salía. “Sin guerra, pero en la trinchera”, solía pensar. Un silencio ensordecedor golpeaba a cada instante su cabeza.
Un espejismo. Así eran sus días. Estaba sin empleo, por elección. No era habitual estarlo, el trabajo desbordaba. Comía la “ración de la dignidad” que le enviaba el gobierno. Nunca había silencio, siempre había melodías. Schubert. Esa era la única música que oía una y otra vez. Mezcla de nostalgia, desesperación, tristeza y serena demencia. “La trucha” era su favorita. Guardaba algún recuerdo prohibido de sus antiguas lecturas (Adorno, Kierkegaard, Nietzsche), pero ya no le importaba. En ella, la idea de esperanza no existía. La vida era el día. Y como un retrato inverso de su realidad; como una forma autista de rebeldía; como el último bastión de la absurda resistencia, se dedicó, incansablemente, a escribir, a escribir con luz.

Desgastarse

Ana Minini Venega
Taller de Comprensión y Producción de Textos I



Salgo caminando por la vereda principal con la galantería que mis trapos ameritan. Una señora gorda y fea, envuelta en una sábana de flores raras me mira con indignación, acelera el paso y sube a la vereda.
Llevo un bolso hecho con la más fina arpillera, donde traigo recortes del pasado: la Gran Tercer Guerra, lo que dejó y lo que se llevó.
Por momentos cojeo, pero con una postura recta lo disimulo. El color de mi uniforme todavía no se ha oxidado, por lo menos algo de este mundo corroído tenía que preservarse.
Llego a un cruce de avenidas y espero en la esquina a que el semáforo frene a los que salvé.
- ¿Una moneda tendrá el señor? –pregunto sin más y en general.
El sol nos está curtiendo la piel y los desagradecidos en sus camionetas brillantes dejan sus codos afuera de las ventanillas, pero ninguna moneda resplandece.
Me siento y pienso. La gente sigue y los veo ir; se van a encerrar en la realidad que desconocen.
Yo soy libre, me siento así.
Las bocinas y un par de gritos apurados me pierden. Los niños están saliendo de la escuela, puedo oír sus risas; y temo por cómo terminarán siendo.
Suspiro y me limpio la frente con la manga de la camisa. El calor está causando efecto, estoy cansado. Recuerdo a quienes se quedaron con nuestra existencia. ¿Dónde están ellos ahora? ¿Dónde estoy yo que sé la verdad?
Minutos y horas pasan. Sé que todo está podrido y me molesta no poder hacer nada. Más aún que no se den cuenta. No soporto verlos pasar e ignorarme a mí, mostrándoles lo que son, negando.
Un poco de aire entra por los agujeros de mis viejas botas negras y me siento mejor, hasta esperanza de que la noche llegue pronto y un día más se vaya sin que me percate.
Vuelvo por la avenida sin haber recibido nada, siquiera una mirada de comprensión o apoyo. Pateo las piedritas del asfalto hasta toparme con la última zona de la ciudad con calles de arena. Las botas ahora están dentro del bolso y la naturaleza humanizada corre por mis dedos libre.
Otra vez las risas del futuro: niños corriendo de un lado al otro de la plaza que hace de hogar. Sonrío con la ilusión de que no sigan el ejemplo.
El hambre se empieza a sentir, es hora de una siesta de anestesia. El mismo banco de siempre, por lo menos de los últimos cinco años. Blanco pero manchado, duro y áspero como la propia vida.
Boca arriba miro el cielo y las hojas de los árboles que lo cruzan. Respiro aire limpio, y extraño.
Evoco los años de lucha y lo anterior, la total alienación. Alienado pero feliz, durmiendo acompañado, sintiéndome seguro y parte de algo. ¿Dónde quedó todo? ¿Por qué me lo sacaron?
Mis ojos se cierran con fuerza, y me obligo a dormir para olvidar por un rato. Inhalo y exhalo largas bocanadas de oxígeno para relajarme y nada sucede.
Los pájaros primaverales hablan con el sol y los envidio. Tantos colores y yo tan gris, ni siquiera por elección; obligado por todos ustedes que me ven y siguen de largo, incluso asustados.
Sólo los espanta la realidad chocándolos, me dan pena. Pero por lo menos algo siento por ustedes, no los ignoro. Son parte de lo que soy, ustedes me hicieron así.
Respiro intensamente una vez más y me entrego al sueño esperando no despertar en este lugar.

viernes, 4 de noviembre de 2011

No dejarse matar

Juan Pablo Fluger
Taller de Comprensión y Producción de Textos I



La noche ofrecía una visibilidad excelente gracias a una luna llena que nos representaba un cuidado mayor. Nosotros cuatro; Ané, Irisarri, Demarchi y yo, Galaz. Los tres primeros eran reclutas y yo era el sargento de una unidad que conmigo sumaba algo, pero no mucho, de experiencia en combate.
Nos encontrábamos bajo fuego y trotábamos agachados resguardándonos tras unas maquinarias agrícolas que estaban abandonadas a la vera del camino. Buscábamos el flanco que nos permitiera ver con facilidad el origen de los disparos.
Estaba claro que el enemigo no sabía que nosotros estábamos en misión de flanquearlos, como tampoco sabíamos nosotros si ellos estaban haciendo lo mismo. El combate llevaba ya tres horas y el cansancio se hacía sentir en las piernas y la espalda. Cargábamos nuestras mochilas con equipo más los fusiles.
El vasco Irisarri, un recluta regordete pero más por contextura, ya que poseía un buen estado físico, era en su vida de civil abogado. Sentía una afinidad casi romántica por lo bélico. Alguna vez en el campamento habíamos hablado y al enumeraba casi de memoria los conflictos esputando consignas patrióticas. A mi particularmente, la cuestión patriótica me cansaba un poco. El ejército necesariamente genera una visión violenta y poco racional de las relaciones humanas.
Demarchi era médico, bajo y de semblante tranquilo había perdido un hermano durante la invasión y luego de eso, como es además natural, hablaba poco pero siempre acotando con racionalidad. No dudaba, pero pensaba muy bien antes de actuar. Siempre es bueno tener en momentos de irracionalidad a alguien que intelectualizara más las cosas. Sabia como llevar tranquilidad a los muchachos y yo le estaba muy agradecido por eso.
Ané era chacarero, un muchacho unos años más joven que nosotros tres. Estudiaba agronomía y los últimos años había pedido prorroga pero se le había denegado por la necesidad de hombres que tenía el ejército. Era el de menor experiencia aunque eso no determinara nada. Estábamos todos en la misma. No dejarse matar.
Los disparos pasaban un poco más lejos y podíamos ver los ases de luz de las balas trazantes, seguíamos agachados en fila india, yo adelante. Pudimos llegar hasta una lomada que nos dio respaldo y nos apoyamos. Sentimos las vibraciones que generaban los estallidos de los morteros contra la tierra. Ninguno de nosotros sentía miedo, o no lo demostraba. Los gritos de los desgraciados que eran alcanzados por los perdigones o por las balas nos hacía recordar lo cerca y lo fácil que la muerte se presentaba en esa situación.
-Voy a mirar – dije.
Me di vuelta apoyando el pecho sobre la loma y me arrastre hasta que pude ver con cierta claridad como desde dentro de un monte a unos cien metros partían los disparos.
Son dos ametralladoras calibre 50 – les dije y agregue – se necesitan mínimo dos por por cada arma.
-¿Qué hacemos? - pregunto Ané – ¿Les tiramos una granada?
-¿Te quedan granadas? - lo apuro el vasco.
-Sí, una – respondió el recluta.
-No – los interrumpí-, estamos demasiado lejos todavía, vamos a revelar nuestra posición.
Estábamos protegidos detrás de la loma. A unos cincuenta metros había una crotera pero para llegar debíamos quedar expuestos a los tiros, con nuestro equipo y la luz que daba la luna nos delataríamos, era una muerte segura o muy posible.
-Si pudiéramos llegar hasta la crotera, tendríamos buen fuego sobre el monte- Dijo Demarchi.
-Es verdad- reflexione- pero sería por solo unos minutos. Cuando descubran nuestra posición, nos fusilan. Las croteras están hechas de barro, las balas de la calibre 50 las traspasan como manteca.
-Tiene razón, Sargento. Las balas destruirían la crotera en dos ráfagas- me respondió el doctor y agrego- pero fíjese que el ángulo de la 50 llega a lo sumo hasta esta loma. Me acuerdo de que en el entrenamiento nos enseñaron la calibre 50 y notamos que el ángulo del pie le permite un giro reducido y estoy seguro que esta loma está en el límite de ese ángulo-. Siempre con verdadera calma, era asombroso el semblante de ese hombre, por un lado me alegraba tenerlo de nuestro lado pero no pude evitar sentir lastima por esa persona desprovista de sentimientos.
Era verdad lo que el doctor señalaba, la calibre 50 tenía un ángulo reducido de giro. Si nos arrastrábamos podíamos dejar la loma y llegar a estar fuera del alcance de las balas del enemigo.
- Vamos a tener que dejar el equipo y llevar solo lo imprescindible. Ensucien con barro las partes cromadas de los elementos que carguen, la luz de la luna puede hacerlas brillar y delataríamos nuestra posición- fueron las instrucciones que les di antes de partir.
Dejamos las mochilas, mire para atrás para cerciorarme de que estábamos listos y vi que el vasco se había embarrado toda la cara. Es increíble cómo se puede hacer para tener humor en ese momento, supongo que sirve también como distensor, pero su expresión de dientes apretados y la cara toda sucia, hizo que me riera y le solté – Dale Rambo, seguime. No levanten la cabeza por nada del mundo y hagan movimientos discretos.
Cuando habíamos avanzado algunos metros el chacarero dijo – No nos vieron -. Ya lo sabíamos pero había algo tranquilizador en decirlo.
Volvíamos a sentir en el pecho la vibración por los estallidos de los morteros.
Una vez en la crotera pudimos divisar al enemigo. Como lo había sugerido, eran cuatro soldados, dos por ametralladora.
No se han percatado de nuestro movimiento, pensé. Podíamos ver con cada ráfaga las posiciones del enemigo, estábamos más cerca de lo que creíamos
-Vamos a tener que tomar uno cada uno y disparar todos a la vez – propuse.
-¿No sería mejor tirarles la granada? - pregunto Ané.
-No es conveniente – afirmó el doctor y agregó-, aunque estamos a una buena distancia es improbable que matemos a los cuatro con una granada. Si alguno queda vivo es cuestión de que apunte con la calibre 50 en esta dirección y estaríamos perdidos.
El vasco los midió con su arma y dijo – Sargento, yo me cargo al que dispara del lado norte. Puede ud. apuntar al otro. Que Ané prepare la granada y Demarchi apunte al cargador de la primera. De manera que cuando caigan los dos artilleros y un armero el que quede vivo no va a tener oportunidad de acomodar la ametralladora, tenemos el elemento sorpresa de nuestro lado.
-Tiene razón el vasco – dije-, Ané, prepare la granada yo le voy a decir cuándo. Demarchi venga, póngase a nuestro lado, vamos a apuntar.
Nos dispusimos a apuntar los tres, los caños sucios de los fusiles no brillaban bajo la clara luz de la luna y eso me tranquilizaba.
-A la cuenta de tres disparamos, cuando yo empiece a contar ud.Ané le quita el seguro a la granada y cuando hayamos disparado la tira, ni un segundo mas ¿entendió?
-Sí, mi sargento- respondió el chacarero.
- Uno – Dije y escuche como saltaba el seguro de la granada -, dos – pude ver como los caños de los fusiles lograban posicionarse rectos junto al mío – tres – y los fogonazos fueron casi simultáneos. Pude ver como caían los dos artilleros y el armero. Nuestra puntería había sido muy efectiva. La granada estallo a los pocos segundos alcanzando al otro armero que ante el ataque no había tenido tiempo de nada. Un grito escalofriante se oyó, seguido de eso unos gemidos guturales nos indicaban que alguno había quedado vivo, pero mal herido. Luego de esperar lo suficiente para cerciorarnos de que estaban fuera de combate nos acercamos. Eran jóvenes también como nosotros. El que agonizaba ya había muerto y el vasco se lamentó – Me hubiera gustado rematarlo-.

Pendejos

Juan Pablo Fluger
Taller de Comprensión y Producción de Textos I



Lo primero que pensé cuando me puse los borceguíes que te dan en el entrenamiento, fue que me iban a romper los pies y en este momento siento que son zapatos de piedra. Hace tres horas que esperamos vestidos y con todo el equipo para que nos trasladen al aeropuerto de Bahía Blanca, donde estamos haciendo la colimba. De allí iremos a Comodoro Rivadavia y luego de unos días, dicen, a Malvinas. Nos informan que está todo muy tranquilo y que ellos no se van a arriesgar a una guerra a 14.000 kilómetros de distancia, pero yo no estoy tan seguro.
El barrancón donde estamos y pasamos los últimos seis meses se me representa ahora como una casa que tengo que abandonar, aunque el olor a humedad hoy es más fuerte que de costumbre, los catres vacíos con los bolsos a los pies, los colimbas sentados jugando a las cartas o tocando la guitarra dan el aspecto de un lugar no tan desagradable, como una premonición de que a donde vamos, no estaremos tan bien como acá. Algunos compañeros cantan el himno, otros escriben cartas. Las expresiones en sus caras son variadas pero nadie parece sentir miedo. Nos han dicho que vamos a estar bien que todo el país nos apoya y que vamos a volver como héroes, que… ¡ya lo somos! Por lo que he leído la valoración de los héroes casi siempre viene cuando estos ya murieron y en un contexto de guerra que me digan que voy a ser un héroe no me deja muy tranquilo. El zurdo Aguirre, un colimba flaco y escurridizo, imita al Sargento Roncino y nos reímos, nos sirve para distendernos un poco y funciona.
Cada tanto se ven luces de camiones que se acercan y pienso que ahí vienen a buscarnos pero las luces siguen y me doy cuenta que estoy aguantando la respiración cuando suelto el aire y en forma de suspiro desinflo el pecho.
Yo no sé mucho de las Islas, ahora recuerdo las clases de geografía del secundario cuando el profesor Blancagrande, fue el único que alguna vez nos habló de ellas y de cómo los ingleses las habían usurpado en 1833. Recordando pienso en mi madre, en como lloraba cuando me subía al micro que nos llevaba a Bahía Blanca. Ni ella ni yo nos imaginábamos en ese momento que iba a ir a la guerra. Anoche hable con papá por teléfono. Nos dieron diez minutos a cada uno para que llamemos a nuestras casas. Él me dijo que mamá justo en ese momento no estaba, que se había ido a lo de Julia, la vecina, porque están preparando la Kermesse de la parroquia para el domingo, pero yo sé que no es verdad, porque pude escucharla por lo bajo entre sollozos decirle a papá: Jorge, decile por favor que se cuide. Y me di cuenta por como intentó disimular él también las ganas de llorar. Justo antes de cortar fue que me dijo con la voz casi quebrada: cuidate hijo, por favor, cuidate. El golpe en la puerta del barrancón me sacó del recuerdo y me llevó directo a la cara del Sargento Roncino que me miraba mientras gritaba: ¡Vamos pendejos, suban al camión que hoy se empiezan a hacer hombres!