miércoles, 9 de diciembre de 2009

Sofía

Por Flavia Nuñez
Taller de Comprensión y Producción de Textos I


Helena es perfecta.
Tiene las piernas bien torneadas, el cabello largo y siempre bien acomodado, incluso en la peor de las tormentas. No necesita maquillaje para que su rostro sea luminoso. Es flaca, pero no esquelética, sino bien proporcionada. Tiene la habilidad de convertir un trapo viejo en una prenda de alta costura, porque todo lo que se pone le queda bien. Sus ojos claros dominan la habitación y nadie puede escapar a su encanto natural.
Ella sabe bien que todos sus amigos quieren tener algo con ella. Ella sabe que no es buena cocinera, ni maneja apropiadamente, ni recuerda la tabla del 9 en un santiamén. Pero también sabe que no precisa de esas cosas.
Del otro lado de la habitación está Mariano. Él es de esos que olvidan todos los cumpleaños, recuerda pasear al perro a la 1 de la madrugada y se emborracha con sus amigos para festejar la primer tontería que se les pase por la cabeza. Mariano tiene físico de rugbier, está bien bronceado todo el año, tiene la piel del rostro suave todo el tiempo y sabe como encandilar a cualquier potencial suegra.
Mariano y Helena ya pasaron los treinta y tantos. No están casados ni tienen hijos. Viven solos, pero en lo posible siguen cenando en casa de sus padres. No tienen el mejor de los trabajos pero gozan de un sueldo que los mantiene felices.
Mariano y Helena se conocieron hace 10 años atrás en el cumpleaños de un amigo en común. Él pensó que ella era una rubia hueca y frígida. Ella pensó que él era un grandulón inmaduro y narcisista. Ahora se miran desde rincones distintos de la casa, entre medio de todos sus matrimonios amigos, que ya dan sus primeros pasos como padres primerizos.
-¿Viniste sola?- le pregunta Mariano cuando se la choca en la cocina mientras se prepara un enorme vaso de Fernet.
–Sí ¿por?- le responde ella.
La conversación se basa en la misma nada de siempre, pero sin darse cuenta permanecen alrededor de una hora y media en la cocina hablando pavadas.
Mariano la pierde de vista hacia el final de la noche. Cuando termina de despedirse de todos y sale en busca de su auto, la ve sola en la vereda.
-Estoy esperando que pase un taxi- le dice ella sin que él haya pronunciado ni una palabra sólo por el hecho de que lo vio venir de reojo.
–Tarada, ¡Qué taxi ni taxi!, subí que te llevo- sentencia él mientras se acerca a su auto. A Helena no le causa gracia la propuesta, pero lo cierto es que hace mucho frío para seguir esperando. En menos de 20 segundos está en el asiento del acompañante con el cinturón bien ajustado.
Mariano jamás preguntó la dirección, pero sabe exactamente dónde queda. Helena no se sorprende, ya que está plenamente segura que lo vio salir de la casa de la atorranta de su vecina de enfrente en múltiples ocasiones, aunque él lo niegue.
Por un momento, Helena baja la guardia y lo invita a pasar. Mariano acepta. Ambos se sientan en el sillón, sumamente incómodos. ¿Cuándo tiempo se mantienen quietos?, alrededor de 30 segundos. Helena se lanza sobre la boca de Mariano. Mariano no se aleja. Helena le quita la remera. Mariano no se queja. Helena propone ir a su habitación. Mariano ya esta en camino hacia allí llevándola a la rastra.
Se entienden, congenian. Charlan en los intervalos.
Él ahora piensa que ella tiene una risa espantosa. Ella ahora piensa que él debería hacer algo con ese lunar que tiene en la espalda. Pronto se quedan dormidos.
A la mañana siguiente abren los ojos al mismo tiempo. Ella ve que él se robó toda la sábana. Él se asquea porque ve que ella babeó toda la almohada. Pero sólo se ríen.
No saben por qué pero se sienten cómodos y se plantean una y otra vez, mientras se visten, por qué eso no ha ocurrido antes.
–Che, ¿puedo hacer una pregunta?- dice Mariano con voz más gruesa de lo normal por estar todavía adormilado. Ella asiente con la cabeza desde el otro lado de la cama.
–Vos… ¿te cuidás, no?-. Ella se queda helada por un segundo.
Ambos se miran. Ninguno dice nada.
Yo tampoco diré nada.
Sólo que la nena se llamará Sofía.

La voz en la oscuridad


Silvana Insaurralde

Taller de Comprensión y Producción de Textos I

Extensión Moreno


-No llores, Vale. Tranquilizate. Voy para allá.

Carolina colgó el teléfono, prendió el velador de su mesita de luz, miró el reloj que marcaba las 3.30 am y no pudo evitar chistar. Suspiró quejosa, pensó un segundo y se levantó casi de un salto. Se vistió con la misma ropa del día anterior, que no estaba tan sucia, llamó a un remis y diez minutos después, tocó timbre en la casa de su amiga.

Valeria le abrió la puerta y se arrojó contra ella ahogada en llanto. A Carolina le impresionó sentir los movimientos de congoja de su amiga sobre su pecho. La contuvo en un abrazo que duró varios minutos, hasta que le propuso entrar a la casa para que le contara qué había sucedido.

Valeria habló entrecortada y le contó que Gustavo había decidido cortar la relación, diciéndole que ella no era la mujer que él quería para su vida. Que era un desgraciado porque venía a confesarle eso después de haber planeado con ella una vida juntos. Que no podía creer que le estuviera pasando eso. Que el día anterior habían compartido un momento maravilloso.

Carolina escuchó todo lo que Valeria tuvo para decir… Y cuando quedó en silencio, le dijo:

-Vale, no sé de qué te extrañás. ¿Cuántas veces me dijiste que Gustavo no cumplía con sus promesas, que no te demostraba que te quería ni que le interesabas?

-Si, pero él siempre me dijo que quería que yo fuera la madre de sus hijos.

-Vale, los hombres dicen muchas boludeces… Y más cuando no saben lo que quieren… Creo que es lo mejor que te puede pasar que ese tipo te deje… Creo que llegó el momento de que sepas lo que valés y dejes de buscar el amor en tipos que no te pueden dar lo que estás buscando.

-Caro, vos no entendés. Yo sé que Gustavo me quiere, y que aunque le lleve tiempo, se va a dar cuenta y va a cambiar. Ahora lo que yo tengo que hacer es ponerme linda como a él le gustaría, demostrarle que soy una mina capaz de amarlo incondicionalmente, y que lo voy a esperar siempre.

-¿Ponerte linda? ¿Como a él le gustaría? Vale, ¿estás loca? ¿O hace mucho que no te mirás al espejo?

-No, no estoy loca. Yo sé que puedo ser mejor, que no soy la mujer que él se merece, y quiero volver a conquistarlo.

-¿Y mientras tanto qué? ¿Y vos? ¿Tu estudio? ¿Tu vida? ¿Tu felicidad? ¿Tus proyectos?

-Todo eso no tiene sentido si no tengo con quien compartirlo, Caro. El día que te pase me vas a entender.

-El día que me pase… ¿Vos te olvidas todo lo que yo pasé por Nicolás, al que vos llamabas estúpido? ¡Si me pasa otra vez pegame tres o cuatro cachetadas! No puedo creer lo que me estás diciendo… Mejor nos vamos a dormir, ¿querés? Mañana la seguimos.

Valeria se durmió pensando en lo difícil que sería pasar todo el tiempo que tuviera que pasar sin ver a Gustavo ni saber nada de él. Carolina se acostó recordando noches iguales a la que Valeria estaba teniendo, días oscuros de desesperación, de tristeza, momentos en que sintió desgarrarse de dolor y creyó no poder superarlos jamás. Trajo a su mente las palabras de una sabia que había conocido en sus sueños y que la había visitado muchas noches acercándole algunas respuestas a sus por qué. Lo que más recordaba era aquella vez en que le dijo “de vos depende ser Vos. Tu conciencia está creada para ser creadora... Ese Ser Creador de Todo lo Creado, nos ha dado la libertad de ser creadores de nosotros mismos... Cultivar la vida... Cultivar el amor...Con libertad existe la espontaneidad y la creación... Liberáte, Carolina. Ese dolor no te conduce a nada. El amor que buscás en él, está dentro tuyo”.

Repasó la incertidumbre, la angustia, revivió el momento en que descubrió el terrible miedo a la soledad que la acechaba y volvió a sentir la liberación que recorrió todo su cuerpo aquella noche, en ese instante en que se iluminó su conciencia.

Cerró sus ojos pensando que nadie puede escapar de enfrentarse tarde o temprano a su soledad, si quiere ser uno mismo. Llenar el vacío existencial con valores propios, con sentidos no impuestos, sino creados desde la propia autenticidad. Y así como tenía la seguridad de que ya no volvería a caer en esa angustia avasallante, sabía que Valeria también descubriría el amor que emana de aquella fuente de amor universal.

Esa noche la vieja sabia le habló en su sueño: “Carolina, ya es hora de que conozcas al hombre que corresponda todo ese amor que tenés para dar. No le temas, es para vos”.

El Chaparral

Por Hugo Mitetiero

Taller de Comprensión y Producción de Textos II

Extensión Moreno


Eran las 5 de la tarde y hacía demasiado calor para ser la última semana de marzo.

Maximiliano estaba preparando la olla con mate cocido, los chicos no tardarían en llegar. A su lado Darío arreglaba una parte del techo de chapa, que con la fuerte tormenta de la semana anterior se había despedazado.

Por el fondo se escuchaban las risas de las señoras del barrio, que todos los días, mientras preparaban las tortas fritas se contaban los chismes de último momento. Rosa con una sonrisa dibujada en su rostro lleva un mate para convidarle a Maxi, pero el primero en acercarse fue Darío, que al bajar de la escalera descubrió su espalda y se le vio un fuerte corte en el huesito dulce.

“¿Qué te pasó, nene?” preguntó con voz maternal Rosa.

El joven se sonrió y sólo dijo: “no es nada. Estaba boludeando con los pibes y me corté.”

La puerta del Chaparral, como se llamaba el galpón que funcionaba de copa de leche, comedor y centro cultural, se abrió de golpe; como un batallón entraron corriendo un grupo de chicos del barrio arrojando sus mochilas al piso.

A los diez minutos llegó el grupo restante. Ya había 20 chicos en la mesa esperando por la copa de leche y por el cuento que Maxi día a día les leía mientras merendaban. Luego apareció Claudia, ella era muy linda y tenía tan solo 17 años, pero era quizás la mujer con convicciones más claras del Chaparral. También se encargaba de dar apoyo escolar junto a Horacio, que extrañamente no había llegado aún.

Por suerte para Claudia, Esteban, como nunca, llegó una hora antes para la reunión semanal, entonces pudo darle una mano junto a Maximiliano y Darío. En un momento de risas cuando Claudia imitaba a Sarmiento, irrumpió en el lugar Josecito, casi temblando de los nervios y gritando: “¡Cagamos!, ¡nos tenemos que ir a la mierda! ¡Los milicos tomaron el poder, lo dijeron en la radio!”

Las señoras y los jóvenes se miraron y se quedaron sin poder emitir palabras. Esteban les pidió a las señoras que llevaran a los chicos rápidamente a sus casas. Simultáneamente a esto crecía la preocupación por Horacio. Los muchachos ya sabían que desde hacía más de un año venían desapareciendo algunos compañeros de la Juventud Peronista de otros barrios. Pero no habían vislumbrado peligro allí, además no estaban seguros si era cierto el rumor de que una organización paramilitar era la que estaba rastrillando al país buscando peronistas y comunistas.

Darío propuso armar una reunión con la cúpula de la Juventud para ver cómo seguían e ir a buscar por todos lados a Horacio. Maxi planteó que cada uno empezara a movilizarse con los fierros y aconsejó alejarse de las casas donde vivían sus familias. Las propuestas fueron aprobadas y salieron en busca de su compañero.

El primero de abril apareció el cuerpo de Horacio en un descampado, con quemaduras de cigarrillos en todo el cuerpo y sin dos dedos de sus manos. Durante la misma madrugada ingresó un grupo de tareas al Chaparral y lo destrozaron.

Dejaron escrito sobre una pared: “Peronistas de mierda, váyanse porque van a ser boleta”.

Los vecinos del barrio se indignaron al ver lo que había pasado con el galpón al que los chicos podían acceder a un poco de cultura, a tomar la copa de leche o a comer un plato de comida, ya que a veces en su casa faltaba.

El sistema les estaba mezquinando esas cosas y en el galpón podían encontrarlas.

La gente de la villa 30 se reunió, para así, entre todos, reconstruir el Chaparral. Los muchachos de la Juventud Peronista que estaban conmocionados por lo últimos hechos, se sorprendieron ante el apoyo de los demás y decidieron volver a trabajar con la gente.

El Chaparral se reconstruyó en un 60 por ciento, pero en la noche de la inauguración, en la cual se juntaron para festejar con una olla popular, sucedió una tragedia: antes de salir de su casa con su hijo y dirigirse hacia allí, Rosa fue secuestrada. Un Falcon paró en su casa y se la llevó.

Dos noches después, el Chaparral volvió a ser destruido. Pero esta vez se llevó la vida de Maxi, quien dormía allí para cuidarlo. Antes de morir se enfrentó en un combate desigual, con su 32 ante un grupo de tareas vestidos de civil, que lo mataron sin piedad.

La situación era cada vez peor, entonces decidieron irse a vivir todos a lugares diferentes; ya ninguno sabía donde estaba el otro. Pero todos los días se ocupaban de llevar casa por casa algo para la merienda o de ayudar a cada chico que lo precisara.

Una vez por mes, organizaban en secreto una jornada cultural donde les leían cuentos de María Elena Walsh a los chicos, hacían obras de teatro y cantaban canciones de Víctor Jara y Mercedes Sosa.

Lamentablemente cada mes que pasaba, eran menos los que quedaban.

Pero mientras hubo uno que sobrevivió, esa jornada se realizó.

Para cuando llegó la Navidad de 1976 las jornadas culturales sólo fueron un lindo recuerdo para los vecinos del Chaparral.

Ser héroe es cosa de todos los días

Por Nataly Rodríguez
Taller de Comprensión y Producción de Textos II

Extensión Moreno



“La mataron para robarle el auto”, “Empresario secuestrado”, y “Niño de catorce años apuñaló a su maestra”… Mientras desayunaba, miraba el noticiero. Allí estaba yo.
Entre tantas noticias me olvidé de mirar el pronóstico. Cuando salí, sentí demasiado calor, pero ya no volvería, sino perdería largo rato buscando qué ponerme.
Tomé el colectivo, me puse la mochila hacia delante (porque uno nunca sabe, hay inseguridad por todas partes). Luego me coloqué los auriculares, aunque ya era el momento de bajar. Caminé, caminé, y caminé.
De reojo me miraba en las vidrieras para que el reflejo me devolviera lo que yo estaba buscando. Una joven apuesta y con el pelo como lo había dejado en el baño de casa. Pero del otro extremo del vidrio vi a dos niños revolviendo la basura y comiendo algunos restos de dentro de los tachos de residuos.
No me detuve. Seguí caminando, no era la primera vez que los veía, pero quizás esta era una de esas veces en que la imagen me mostraba el hambre que padecían esos niños, como tantos otros. Pero poco me duró la reflexión, cambié el track del mp3 y seguí caminando.
Llegué. El aula estaba repleta. Tendría que haber tomado el colectivo de las 7, pero de todos modos no había leído para la clase, aunque Josefina me contó, entre dientes, que el protagonista de nuestra charla sería un personaje de la literatura española similar a Robin Hood, ya que lo que robaba se lo daba a los pobres.
Uno de esos les hacen falta a los niños de la vidriera, pensé para mí. Pero no, el individualismo es muy fuerte, y aquí lo que roban se lo quedan para sí.
Me reí, y pensé en todos aquellos que acumulan sus cajas de ahorro a costa de otros, pero de esos el noticiero no habla.
Me colgué toda la clase, pensé en otras cosas, en la vida, en el futuro y me pregunté: ¿quién se encarga del presente?
La gente sale a las calles, reclama, llora, padece, ambiciona, grita, y hasta añora. En realidad piden, piden, sólo piden: justicia, seguridad, bienestar, solidaridad entre otras cosas que encierran en un solo propósito: compromiso. Éso, compromiso de quienes están en el mando.
Acaso, de alguna manera el pueblo espera a un flamante restaurador como Rosas, para que calme las aguas y para que no nos terminemos matando. O espera un Perón que se encargue de los obreros y que junto a una Eva calme a los pobres.
No se sabe en realidad, cuál es el modelo que pretende el pueblo. Sea cual fuere, el propósito es uno: encontrar el compromiso y la lealtad social en un mismo referente o en varios. Da igual, pensé. La gente está desesperada.
Quizás sólo un hombre con cualidades extraordinarias, con deseos de justicia y lealtad nacional pueda contra ello. Pero suena utópico, y lejano. Pues ¿dónde encontraríamos un ser capaz de dar la vida sólo por la patria, por su Estado? Miré a mis espaldas por las dudas por si aparecía un hombre con antenas rojas, gritando: “¡Yo! ¡El Chapulín Colorado!”, pero no sucedió.
La gente está descreída, pensé esa mañana en la clase.
“Estás colgada”, me dijo Josefina”. “Estoy pensando en la vida”, le contesté. “En cuándo vendrá alguien a arreglar las cosas”, agregué.
Bajito y de perfil, me objetó Josefina. “La gente espera la solución sentada y no nota que quizás cada uno desde su lugar puede ayudar a darle cuerda al reloj de la historia de la Patria”.
Yo le sonreí y no comenté nada, pues ella siempre tiene algunos comentarios justos para el momento, que quedan finos y elegantes. Pero no dejé de darle importancia.
Tal vez, Josefina tenga razón y ese héroe de la Patria que añoramos, seamos nosotros mismos. Pues si se trata de valor y patriotismo, los argentinos somos capaces de dar la vida por lo que queremos. Si se trata de coraje y perseverancia, los argentinos entendemos de ello, puesto que la gran mayoría se levanta a la madrugada a juntar unos mangos y vuelve a la media noche, con un ojo atrás y el otro adelante, alerta de que nadie le saque su recaudación. Y uno la pelea. La pelea, con la ilusión de subir un escalón en la escalera de la crisis económica.
Al salir del aula, caminé las mismas cuadras, vi las mismas caras, y sentí los mismos olores, pero esta vez yo me sentía distinta.
Tal vez más positiva y con más ganas de hacer. Hacer por el otro.
Pasé por la vidriera, me acordé de los niños y les dejé una bolsa con alimentos, para que retiren al otro día. Crucé en verde. Cedí mi asiento. Tiré el envoltorio de mi alfajor en el tacho de basura de mi casa. Y de alguna forma me sentí una heroína. No busqué el reconocimiento de nadie, sólo el mío.
Quizás es necesario que cada uno pueda sentirse héroe alguna vez. ¿Quién no soñó con ser uno?
La vida da pequeños momentos para concretar ese sueño, y queda en nosotros poder hacerlo. Pues no hay mejor héroe que el que se compromete con su nación, y venera las normas que esta emana. Tomemos como ejemplo a todos aquellos que cargaron en el camino la mochila pesada de la Patria. Evitemos caminar por las cuadras de los malos ejemplos y pongámosle sentimiento e identidad a nuestra estadía en este mundo.

jueves, 3 de diciembre de 2009

La ausencia del amor (Crónica de un hombre con alma)

Por Hugo Heber González

Taller de Comprensión y Producción de Textos II

Extensión Formosa

La vida ha cambiado mucho desde aquel lejano 1999. El hombre busca satisfacer otras necesidades. Hoy, tres mil años más tarde, el hambre y las enfermedades son fenómenos del pasado. Grandes rascacielos de plata se levantan sobre etéreos autos de asombrosa velocidad y robots de miradas lumínicas que invaden las transparentes calles de micro fibra de petróleo. Nahuel es un hombre que logró traspasar la época. Transgrede las normas de su tiempo. Hasta su nombre es antiguo. Es el clon perfecto de su padre, el fallecido científico español que diseñó el gen para mantener los sentimientos humanos por encima del microchip que el Gobierno implantó. Proyecto que fue rechazado, pero que realizó, ocultamente, en su hijo.

No hay indigentes en la calle, al menos durante el día. Esto le permite caminar con libertad. Compra una diminuta tableta de píldoras para el apetito y entra a la empresa de Comunicación Láser LV-X, donde trabaja. Nadie hace contacto visual. Todos se afanan en sus labores. El silencio es abrumador. Pasa seis largas horas en una burbuja metálica, frente a una pantalla de treinta y ocho pulgadas que tiene ciento tres teclados.

Las luces se apagan. Hora de irse. Afuera ve abierto un prostíbulo. Decide entrar y mientras se desnuda, una mujer de frías manos le pide que se coloque unos censores en los dedos y un casco lleno de cables en la cabeza. Éstos se conectan a su cerebro a través de un novedoso sistema satelital. En cinco minutos tiene un orgasmo, pero no tuvo contacto físico con ella. De su tarjeta de plástico salen sesenta pesos.

Cruza la avenida Urb-27, los vigilantes de acero sobrevuelan el lugar. Es que durante la noche aparecen los marginados habitantes subterráneos. Pero un rayo de fuego los desintegra totalmente. No quedan rastros. Son los que quedaron de la primitiva época de vida.

Pero el Nuevo Estado no puede ofrecerles soluciones. El sorprendente avance tecnológico los dejó sin trabajo, porque fueron, irremediablemente sustituidos por aparatos y artefactos que se controlan desde el espacio. Las naves que estudian a Saturno como futuro hábitat tienen el dominio sobre el campo laboral científico. Los ordenadores YV-SM no escatiman el dolor de la raza humana que quedó sin recursos económicos. Solo esperan a que mueran para que un Limpiador Químico- Magnético los elimine poco a poco.

No hay embarazos en esta nueva era. Los niños que nacen son por inseminaciones artificiales o clones de padres sanos. Son mantenidos en grandes depósitos climatizados y alimentados por mecanismos biónicos de inteligencia aplicada. Ven la luz recién a los veinte meses. Pero tienen prohibido recibir muestras de afectos para no crear lazos de debilidad humana.

Nahuel presiona un botón verde y su departamento se abre. Un plasma XD-C conectado al portero del edificio enciende las luces y su televisor. Piensa y reflexiona... asume que nadie ha hablado con él en todo el día, que sólo conoce personas en su trabajo. No tiene amigos. Y los que tenía han desaparecido. En la ciudad nadie ayuda al necesitado. Es más, lo ignoran. Las personas no se demuestran afecto ni cariño. Sólo mantienen relaciones por compromisos laborales. Todos cumplen un único rol. Y nadie sale de ese perfecto esquema. Es el precio del avance técnico y científico.

Se siente raro. Triste. Vacío. Solo. No sabe que es porque tiene en su cuerpo un cromosoma genético que le permite mantener sus sentimientos a flor de piel, sus inquietudes espirituales en completa armonía con su mente. Puede percibir el dolor ajeno y hacerlo propio. Se siente vacío. Pero, ignora que esto lo llevara a su destrucción. Necesita ser como los que están vivos. Fuerte, inescrupuloso, exacto, inconciente, egoísta, avaro en su sensibilidad, mezquino en sus naturalezas. Por eso tiene el presagio de una inminente muerte. No logrará sobrevivir.

miércoles, 2 de diciembre de 2009

Despertar para seguir soñando

Por Micaela Grandoso
Taller de Comprensióny Producción de Textos II

Me despierto. Me duele todo el cuerpo, siento que la cabeza me va a estallar. Dormiría hasta las diez de la noche, pero no puedo. Pienso, pienso y doy vueltas en la cama, es todo lo que puedo hacer. Me invade una sensación que me resulta inexplicable, es una mezcla de angustia y bronca. Es decepción, desilusión. La tristeza de sentirse derrotado. Las imágenes de anoche no me dejan pensar en otra cosa, y no quiero pensar en nada más. En mi sólo hay dolor y un nudo en la garganta que no entiendo. El dolor de ver la realidad, ver que nada cambia, que tantas muertes son en vano. Un policía mata a palos a un chico, nos espantamos un par de días, lloramos un poco, miramos la marcha por TV y después todo queda en el olvido.
Pienso cómo me acostumbró a tanta violencia, cómo me acostumbré a esta policía. Escucho hablar a gente que todavía justifica lo injustificable, dicen “algo habrán hecho” y piden que vuelvan los militares. El dolor en el alma es fuerte, no dejo de sentirlo un segundo, los moretones pierden protagonismo.
Click. Prendo la tele. Busco un noticiero. Click. Un partido de fútbol. Click. Un dominó gigante en la Avenida de Mayo. Click, la presentación de un libro de autoayuda. Click, Crónica firme junto al pueblo. Al fin encuentro algo. Un móvil de diez minutos. Me pregunto dónde estaba parado este tipo que me habla desde la pantalla, diciendo boludeces: que la policía tuvo que reprimir a un grupo de inadaptados y revoltosos, que no pudo distinguir entre los que tenían entrada para ingresar al recital y los que no. No pudo no, no quiso distinguir. El periodista habla con una venda en los ojos mientras las imágenes muestran a la policía disparando balas de goma por la espalda al público que corre para escapar de tanta violencia. Mi indignación aumenta cada vez más.
Tengo 18 años y un presente que me pesa. Siento que ser joven hoy es ser algo parecido a una bolsa de basura. Todos piensan que no sirvo, los que estaban anoche conmigo tampoco sirven, parece. Pienso que soy sinónimo de delincuencia, y más si el contexto es el rock. Estoy armado con la remera de la banda de música que más me gusta y un par de zapatillas Topper, un peligro para la sociedad. La policía reprime sin sentido a los jóvenes y algunos lo justifican diciendo que somos todos pendejos faloperos y borrachos.
Las imágenes siguen en la pantalla pero ya no veo ni escucho. Escuchar tantas mentiras es como volver a ser reprimido, pero la condena social duele mucho más que miles de bastonazos y balas de goma. Quiero quitarme este peso de encima.
Aquellos que dejaron de ser “jóvenes” para convertirse en “personas” nos culpan de todo. Nos culpan de una herida que ellos mismos ayudaron a provocar, y que a nosotros también nos arde. Para la sociedad somos culpables del desinterés, del conformismo, de la desesperanza, de la violencia, del consumismo, de la delincuencia, de la drogadicción, de la estupidez, de la superficialidad, de las enfermedades venéreas, de la pobreza. de la contaminación y hasta de que Argentina no vaya al mundial. ¡Cómo si hubiéramos venido del Infierno a sembrar estas pestes entre los hombres de la Tierra, que vivían en paz y armonía tirándose flores y haciendo burbujitas de jabón! Nos endosan la falta de compromiso social y la muerte de las grandes ideas movilizadoras.
Para muchos la culpa es nuestra y esta supuesta apatía no tiene nada que ver con una Dictadura Sangrienta que persiguió, torturó y desapareció a toda persona con ideas, a todo aquel que pensaba, que confiaba en que las cosas podían cambiar, que pisoteó los sueños de esos padres que nos educaron con miedo, que nos enseñaron a no meternos, a quedarnos callados y dejarnos abatir ante las injusticias. Y una democracia que nos persigue, que nos trata de delincuentes, que nos culpa de todos sus males, que nos castiga por divertirnos.
Click. En la pantalla de mi televisor aparece un programa para adolescentes que alimenta el conformismo y una imagen falsa de mi generación. Pienso que llegó el momento de deshacernos de ese estigma, dejar de ajustarnos a las etiquetas que nos ponen, y demostrar que podemos ser quienes queremos ser. Todavía nos queda la certeza de que podemos “hacer” además de “ver”, y que algo puede cambiar.
Click. La pantalla queda negra y mi mente no queda en blanco.

Puro sentimiento

Por Nicolas Vidal

Taller de Comprensión y Producción de Textos II Extensión Moreno


Cuando la cosa viene torcida desde el principio, es difícil cambiarla.

A Ricardo le había tocado nacer en un conventillo de Pompeya, rodeado de inmigrantes polacos. Su padre era uno de ellos, venía de sufrir la guerra, el hambre, la miseria. Nunca le podría haber pedido mucho a su viejo, excepto que dejara de golpear a su madre, una mujer oriunda de Pompeya, hija de inmigrantes españoles. Amelia, su hermana mayor, dedicaba su vida a cuidar a su abuela por parte de madre, una anciana de noventa y tantos años, que, luego de fallecer dejara en su nieta el estigma de la locura.

Desde muy pequeño, Yoyo, como lo llamaban sus amigos, padeció el alcoholismo de su padre quien al regresar del trabajo tenía como rutina golpear a su esposa.

Debido a esto con su escasa edad, Yoyo decidió salir a trabajar. Lustrabotas, canillita, verdulero, zapatero, fueron algunas de las profesiones que supo ejercer para ayudar en su hogar con la comida. Pero hubo en ese tiempo un trabajo que lo había atrapado: vender libros. En ellos encontraba algo más que papel impreso. Amaba leerlos, pasaba horas y horas escapándose con su imaginación. Pero escaso fue el tiempo de este trabajo, porque su patrón, un hombre decente y respetado en Pompeya, intento abusar de él sexualmente. La barra del puente, como se llamaba el grupo de amigos que tenía Yoyo, respondió a este intento de abuso incendiando todo el local. Pero con una salvedad: antes de encender el sitio todos los libros habían sido quitados del lugar y repartidos entre la gente del barrio de manera gratuita.

La barra del puente, estaba conformada en su mayoría por hijos de inmigrantes europeos; todos eran reos, pero buena gente. Entre ellos había respeto mutuo, se ayudaban, cuando uno no tenía para comer. Si otro tenía ese día invitaba a la familia de su amigo a comer.

Estos niños, que eran hombres, habían tenido que crecer a la fuerza por razones de supervivencia. Mil traumas justificados debían de tener estos jóvenes, pero no era así. Ellos no culpaban a nadie de su situación, la afrontaban con valor, dándose una mano entre ellos, no dejando a nadie caer. Por eso Yoyo tuvo dónde aferrarse en los momentos más trágicos de su adolescencia. La muerte de su padre, cuando tenía tan solo 16 años, significó dolor, ya que había sabido perdonar el maltrato que había padecido de su mano. Comprendió con esto la dura vida que su viejo había padecido en su tierra natal.

Las inundaciones marcaron a Yoyo. En tres ocasiones el agua le hizo perder todo y tuvo que empezar de cero otra vez. Este tipo de hechos fueron los que definieron su amor a la vida, su insistencia de seguir, pero sin bajar los brazos. Fue jefe de familia casi desde que aprendió a caminar. Amaba estudiar, pero necesidades más urgentes le impidieron aprender de manera continua. Ya de adulto pudo culminar con sus estudios secundarios asistiendo al turno noche. Después de perder tres veces todo lo material, de cuidar a su madre y hermana y de perder a su padre, sufrió la cruda pérdida de varios amigos en la época oscura de la dictadura militar.

En 1977 consiguió un trabajo estable como operador de cine en Palermo y gracias a esto, un año después, pudo comprar un departamento a estrenar en Paso del Rey, lugar que hasta ese momento sólo conocía de palabra.

Los años pasaron, el amor golpeó las puertas de su corazón y con ese golpe dos hijos vinieron a su vida.

Los frutos del trabajo daban resultado, y otra casa pasaba a ser suya, de esta manera el departamento se lo regalaba a su madre y a su hermana.

En los años 90 la crisis no esquivó las puertas de su hogar y Ricardo fue echado de su trabajo.

En vez de resignarse y caer en una depresión, teniendo dos hijos que alimentar, decidió cumplir su sueño y con la indemnización compró libros. Con su falcón modelo 67, Yoyo salía por los barrios de la ciudad de Moreno, a llevar al hogar de todos los vecinos, aquello que el tanto amaba y que la vida por diferentes razones nunca lo había dejado disfrutar.

Soñaba con una sociedad más justa, donde todos tuvieran las mismas posibilidades. Intentaba llevar un mensaje de fuerza y lucha, de amor a la vida, mediante sus libros.

En su auto tenía pintadas frases como “Los libros de la buena memoria” o “Leer es barato”.

En sus últimos años de vida, enfermo de un cáncer de estómago, Ricardo no bajaba los brazos. Cada noche se dirigía a la plaza de la estación. Vendía de noche porque de día estaba prohibido vender libros, la municipalidad dejaba vender solo a todos aquellos que transaran con ellos dándoles una coima.

Pero Yoyo siempre se negó a negociar. Sabía que existía una ley internacional que lo habilitaba para vender libremente sus libros.

Y así falleció, dando a los demás aquello que creía indispensable para el bien común. Dando vida, dando libros.