Este blog es el espacio virtual del Taller de Comprensión y Producción de Textos I de la Facultad de Periodismo y Comunicación Social de la Universidad Nacional de La Plata.
Prof. Titular: Lic. Marcelo Belinche.
Prof. Adjunta: Dra. Rossana Viñas.
Ya nos fuimos y volvimos un montón de veces. Ya crecimos, fuimos pibes y envejecimos. Ya creímos lo que había que creer y entendimos lo que había por entender y no entendimos un carajo de nada. ¿Y Julio López dónde está?
Ya mentimos. Ya nos tragamos nuestras propias mentiras. Ya aprendimos la versión de la historia argentinizada. Ya fuimos los mejores en todo. Ya tocamos fondo. Ya pagamos deudas. Ya eternizamos la miseria. Ya le echamos la culpa a los otros. Ya fuimos los otros. ¿Y Julio López dónde está?
Ya nos hicimos invisibles por un tiempo. Ya pateamos el tablero. Ya desnudamos verdades. Ya saldamos cuentas con el espejo. Ya le dimos la espalda a nuestros fantasmas. Ya escapamos a ninguna parte, retrocedimos mil pasos y volamos a la luna; caminamos un rato sobre ella y al fin tuvimos que poner otra vez los pies sobre la tierra. ¿Y Julio López dónde está?
Ya viajamos a la casa de la infancia, al barrio con su olor y sus historias, a la placita con el tobogán y las hamacas, a las calles de tierra y las fotos amarillas. Ya nos cansamos de estar en el mismo lugar, y volvimos al sitio del que una vez nos fuimos para nunca más volver pero que jamás abandonamos. ¿Y Julio López dónde?
Ya reímos. Ya lloramos. Ya olvidamos para no pensar, y pensamos que así podíamos olvidarnos de sentir. Y callamos. Y gritamos. Y nos peleamos con el pasado, nos reconciliamos y volvimos a odiarlo y odiarnos. ¿Y Julio López?
Ya tratamos de ser alguien. Ya fuimos nadie. Y alguien antes delimitó cómo era ser alguien y cómo ser nadie. Ya cambiamos. Ya escuchamos otras músicas, nos pusimos otras ropas; reemplazamos cortes de pelo, religiones, ideologías, referentes. ¿Y Julio?
Ya tomamos. Ya fumamos. Ya salimos de la villa a la calle bien temprano con un gorro en la cabeza y llamativos atuendos deportivos. Ya robamos. Ya matamos y también violamos. Ya marginamos. ¿Y?
Ya portamos un buen traje y manejamos un mejor auto. Ya dijimos estremecedores discursos y prometimos realidades ficticias. Ya peleamos contra el sistema. Ya fuimos el sistema. ¿?
Ya ofrecimos nuestro corazón en la ciudad de los pobres corazones. Ya llegó el futuro. Ya nos dolió el presente. Ya nos acostumbramos. Ya fuimos en busca del tiempo perdido y acabamos perdiendo el sentido. Ya vivimos la vida después de la muerte.
Y la pregunta está ahí, al final de cada párrafo, en silencio, haciendo ruido. ¿Y Julio López dónde está? ¿Y Julio López dónde está? ¿Y Julio López dónde está? ¿Y nosotros?
Nosotros no sabemos dónde está, pero acaso ¿él no se estará preguntando dónde estamos? Él, que un día juntó las fuerzas necesarias para desterrar de lo más hondo de su dolor un cementerio de recuerdos. Él, del que cuesta hablar en pasado y en la agenda de los medios también es una ausencia.
Y desaparece todos los días, una vez más, hasta que aparezca la verdad. Y cuando me cruzo con su foto tengo la extraña sensación de que está ahí, siempre unos pasos más adelante que todos, que las marchas y banderas en su nombre, descubriendo el país del nunca jamás justo, mientras espera que lleguemos hasta él.
Una de las cosas que más disfrutaba era dormir con Lucía.
Verla desde el fondo del departamentito entre muerta y dormida, plegada en el colchón, como si hubiera caído desde el quinto piso de los sueños. Extendida, desfachatada, irrefrenable hasta en la pose. Y yo la saboreaba desde un costado, como un mirón, como hacía Julián con su mujer en ese bar de oferta. Como un tigre acechándola, pero sin atacarla, apenas los omoplatos fruncidos, sigiloso, descansado, como si supiera que mi presa reposaba a mi voluntad. Que podía en cualquier momento abatirme despacio sobre ella, deslizándome por el suelo, en pos de ataque. Como una fiera hambrienta, pero tranquila y estratega, que iba paso a paso rompiendo el espacio que separaba al depredador de su presa, con un silencio africano, de reserva natural. Abrirme paso entre la ropa tirada como cardos venenosos, y apartando los libros llegar a ella.
Devorarla primero por los pies, sin arrancarle la piel hasta que fuera necesario, primero lamiéndola como una fruta recién pasada por el agua, porque todavía conservaba el olorcito a jabón perfumado de la ducha nocturna. Y ella iba a ir aceptando sin remedio porque estaba dormida y la vigilia le venía como una ola de bienestar que ni las mejores noches. Porque dormida dejaba el cuerpo al placer y no al razonamiento, no pensaba en cómo aceptar mis caricias ni en las costumbres diurnas y sexuales.
Bien habría podido yo desprenderle botón a botón, la camisita que usaba para dormir y jugar el ritmo que ella proponía con sus semi-gemidos y sus semi-movimientos y mis nada semi-intentos de mantenerla dormida el mayor tiempo posible. Porque eso era el juego, amarla desde el sueño, amarla desde su mundo, donde yo podía ser un jinete en celo o una cucaracha kafqueana que le subía por el cuello y la desarmaba del escudo de su camisa.
Pendiente de su sueño profundo, podría yo haberme separado un poco así, para verla desnuda como me gustaba verla. Porque una vez su cuerpo sobre el mío, sus glúteos en mi cintura, ahí ya no podía disfrutar a Lucia desnuda, porque sólo jirones de piel, ya quizás alguna gama de violeta o dos moras perfectamente maduras en el pico de sus pechos. Pero yo podría disfrutarla ahora así sin su voluntad. Vaya a saber uno en qué parte de sus sueños entraba esta desnudez, y cómo esa cucaracha que le caminaba por la cintura podía trasformarse ahora en una babosa, porque también mi lengua y las papilas gustativas se unían al juego a la fiesta del pasaje sueño – vigilia.
El doble fanatismo, la doble boca de cuatro labios. Mi lengua arqueológica que la investigaba, solo para mi posteridad. Como una hormiguita caminando por su espalda, ya todo larva para ella, para su placer. Todo muy metamorfosis, muy esclavo, muy salvaje. Como si de mi boca para afuera sólo hubiera Lucía para adentro. Porque ya estaba en su trébol de doble hoja y ella inocente como un acto reflejo, perdía sus dedos en mi pelo y lo apretaba como el fuego lo arrancaba sin despertarse, como si en el sueño jugara a acariciar un perrito. Primero fuerte, luego más lento, pero siempre dulce insistiéndome en que insista, que no terminara jamás ese sueño eterno, ese desayuno en mitad de la noche. Ella podía pedirlo sin siquiera hablar, solo los gemidos de mi Lucia gatita empapada, mi Lucía barquito de papel encallada en mi puerto.
Ya como un paréntesis sus piernas, como la puerta de Alcalá, o de ese teatro precioso que a veces íbamos y que yo entraba como ahora en Lucía, sabiendo que iba a estremecerme y que dependía de mí, público y actor, de que la obra fuera perfecta. Además que la mordía como si sostuviera un clavo, apenas apretada entre mis dientes, pero en realidad con los labios, como un beso en pausa.
Pero hoy no era la noche, la noche Lucía desnuda, la noche Lucía presa. Yo la disfrutaba desde lejos con la seguridad que podía hacerla mía cuando quisiera. Y quizás por eso no, por esa seguridad no. Mejor prender otro cigarrillo aunque ya no queden, puedo robarle uno a ella.
Además se estaba cómodo en el suelo y la luz del velador acostado y el paraguas hacia todo su esfuerzo aunque esa idea de Lucía de la lamparita de sesenta no me convencía. Y hoy la vi mirando unos cuadernos míos viejos, y me preguntó al pasar si los usaba. Va a ser mejor que los esconda antes que los haga ceniceros o jaboneras, nunca se sabe qué puede haber en la cabeza almohada de mi Luchita.
Por Lautaro Sánchez Santinón Taller de Comprensión y Producción de Textos I. Extensión Moreno. 2009.
Jules Gabriel Kerry nunca antes había imaginado poder enamorarse. Su corta vida no le había dado ni tiempo ni oportunidad para ese tipo de asuntos. Las continuas mudanzas de pueblo en pueblo hacían que ni siquiera contara con algún amigo. Desgraciadamente, su aspecto y forma de ser tampoco ayudaba a los niños comunes y corrientes a querer acercársele. Y Jules, definitivamente, no era como “los niños comunes y corrientes”. Por empezar contaba con una apariencia bastante peculiar. Sus gafas gruesas y pelo color negro desordenado lo hacían ver algo estúpido, sin contar con las pecas que le llegaban casi al cuello. Su baja estatura y andar encorvado y cansino invitaban a los otros chicos a fastidiarlo y burlarse de él a cada oportunidad que se les presentaba. Los ojos de Jules, se decía, nunca antes habían expresado algún sentimiento que tuviera que ver con la felicidad. Y esto tenía una razón: Jules Gabriel Kerry era incapaz de sonreír. Esta rareza fue tratada por cientos de doctores, los cuales, resignados, le atribuyeron el mal a un problema hormonal y/o cerebral. La incapacidad del niño condicionaba su forma de vivir y, poco a poco, la felicidad se convirtió en un karma para él y comenzó a temerle. Sin embargo, Jules había encontrado en la historia de un hombre varios hechos que le llamaban la atención. Este hombre era Liev Tolstoi, que lo cautivó con su vida aventurera y su bondadosa forma de ser. En las historias de Tolstoi y en sus ideales era en donde Jules encontraba refugio. La siguiente locación de la familia Kerry sería la mítica ciudad de Canterville-Chase, en donde el legendario fantasma Otis soñaba con la hermosa Virginia. Las mudanzas continuas de la familia Kerry se sucedían debido a que Samuel Kerry, el padre de Jules, perdía su trabajo constantemente, y esto hacía que cada vez que lo echaban a Samuel, la familia debiera mudarse a otro lugar para que el padre pruebe suerte. Con sus 15 años Jules debía seguir estudiando para convertirse en un abogado de renombre, como siempre lo soñó su padre. Entonces se inscribió en la única escuela de Canterville para terminar su secundario, la llamada South Canterville High. En la casa, Jules no recibía el mejor de los tratos. Su hermano mayor lo perturbaba en todo momento con una sonrisa gigante que él mismo había dibujado. Entonces asustaba y corría al pobre niño por toda la casa, sin hacerle caso a los llantos del mismo y burlándose por su cobardía. Los padres no hacían nada al respecto, debido a que respetaban al hermano mayor, por haber servido al ejército por 6 meses. Así es que, en el hogar, el hermano mayor de Jules debía ser tratado como un héroe de la Patria. Jules comenzó las clases con el miedo que lo caracterizaba y no se acercó a hablarle a nadie. Cuando un joven se acercó a preguntar por su nombre, lo espantó apenas con la mirada y con una respuesta taciturna. Al cabo de dos semanas Jules ya era el hazmerreír de toda la escuela. Los otros niños golpeaban y burlaban a Jules sin importarles lo que él sentía, porque al fin y al cabo, señalaban ellos, el chico no podía sentir. El joven Kerry no les hacía caso, pero en el fondo le molestaban esos ataques, el ver a todos los demás reírse de él, le causaba temor. Lo que lo asustaba a Jules eran esas risas y sonrisas que nunca jamás iban a ser suya, que nunca le iban a pertenecer. Fue en el transcurso de las dos semanas iniciales que Jules notó una presencia encantadora y perturbadora al mismo tiempo. Esta presencia era una niña que, él había notado, no se reía cuando los otros niños lo hacían. La joven se llamaba Sofía, como la esposa de Tolstoi, detalle que Jules no pasó por alto. Tenía unos ojos azules que transmitían despreocupación y felicidad a quién los mirara. Su sonrisa era perfecta para una pintura y contaba con un pelo color miel que, para el joven, era el más bonito del mundo. Jules no se atrevió a mirarla más de una vez ese día. Le causaba miedo su felicidad constante. Pero había algo en ella que él desconocía que lo hacía buscarla cuando ella no estaba, que lo hacía pensar en ella constantemente. Un día de otoño frío y desolado, como cualquier otro día en el pueblo de Canterville, fue que ocurrió. Dicen que ese día el viento sopló como nunca había soplado en años y que por un momento se creyó que el mítico pueblo se iba a volar. La mañana comenzó como era previsto para Jules, fue recibido con abucheadas y maltratos en la puerta de la escuela. Pero, a esas risas, él no las sintió. De pronto, para el joven todo el mundo se desaceleró, los ruidos comenzaron a callarse y los niños que estaba ahí comenzaron a desaparecer. En ese momento fue cuando la vio parada al final de las escaleras de la puerta principal de la escuela con los ojos clavados en él. Ella estaba esperándolo, y el lo entendió todo. Fue hacía donde ella estaba y la miró a los ojos. Fue en ese instante que no importó más que las palabras dulces de ella, sus manos tomadas y la sonrisa de Jules que llenaba su cara.
Taller de Comprensión y Producción de Textos I. Extensión Formosa. 2008.
Capítulo I
El atelier de Richard era amplio, desprolijo. Parecía más a un depósito, pero en él se reflejaba el inagotable esfuerzo de un artista por expresar su generalidad. La sala se ubicaba en una callecita pequeña, empedrada. En el segundo piso de un hogar de alquiler. Corría el año 1829 en París, y hasta allí había llegado Alexandre Dumas. Su deseo era decorar el castillo que había hecho construir, donde dilapidaba prodigiosamente su fortuna en fastuosas fiestas y suculentas cenas. Hizo notar al joven pintor que estaba al servicio del Duque d’Orleans como escribiente y que era un exitoso escritor, gracias a la acogida de “Anthony”. Dumas, hijo del general francés que se había casado con una esclava negra de Santo Domingo, igual que su abuelo, tenía una aguda visión artística.
Luego de mucho recorrer, vio una pintura de una mujer hermosa, de miradas azules, vestida con ropas sucias y despeinada. Ésta sostenía en su mano un interesante libro que tenía impreso un título difícil de notar. Mientras, afuera, el pueblo se acostumbraba a una apacible vida republicana. Dumas encargó que envolvieran el cuadro y lo pasó a recoger hora antes del anochecer.
La ignota mujer. Intacta, firme, eternamente joven decoró durante mucho tiempo el Salón de Fiestas del Castillo.
Capítulo II
Era el año 1839, Gran Bretaña sufría un sinfín de enfermedades epidémicas. El cólera y el tifus azotaban las ciudades. La prostitución era una de las actividades más frecuentes en Inglaterra, en sus bares y cabarets. Los hombres bebían y disfrutaban espectáculos eróticos. Mientras esto sucedía, también crecía el avance de la ciencia y la idea de industrialización y en el trono reinaba la primera mujer: La Reina Victoria.
Una de esas noches, frías, implacables, Oliver Twist llegaba a la casa de un tal Brownlow. Oliver era una víctima de esta sociedad, debía limpiar chimeneas, hacer trabajos sin tener un pago y vivir de la caridad de un orfanato que maltrataba su delicado cuerpo.
Acompañado por un hombre que le tenía mucha estima. Su amigo Charles Dickens. Tal vez identificado por haber pasado los mismos tormentos en su infancia.
Luego de entrar hasta el comedor, Oliver observó sobre la chimenea un cuadro que captó inmediatamente su atención.
-Se parece mucho a … a …
-¿A quién? – pregunta, mientras los recibió, el señor Brownlow.
-No sé… me parece que la vi… pero, no sé.
-Es un cuadro que me regaló un amigo antes de viajar a Rusia. Alexandre, ese era su nombre.
El parecido entre Oliver y la mujer era impresionante. Pasaba horas junto al fuego observando cada detalle del delicado rostro de la mujer. A veces, su amigo Dickens, escapaba de su trabajo como escritor en el Morning Chronicle y lo acompañaba.
Pero una mañana, el niño despertó y la serena mirada del cuadro no lo acompañaría más. Esa madrugada habían sufrido un asalto, mientras dormían, y entre otras cosas de valor, se habían llevado el enigmático cuadro de la mujer.
Capítulo III
Las guías turísticas de Europa, en 1874, anunciaban un tour por el mundo en exactamente ochenta días. El inglés meticuloso y refinado Píelas Fogg aceptaron la propuesta y junto a su criado Picaporte partieron a esa gran aventura. Antes de partir, una semana antes para ser precisos, llamó a su confidente Julio Verne y le entregó un enorme paquete, envuelto en papel marrón como obsequio por el valor que había tenido para ascender en globo por encima de Amiens, durante veinticuatro minutos.
Verne, ya en su casa, abrió el paquete y encontró en él la inspiración y la compañía de sus noches de escritura. Sobre el sillón amplio, en una esquina, colocó el invaluable cuadro. No lo colgó. Estaba apoyado contra la oscura y húmeda pared y entre los cómodos almohadones del asiento. El escritor encontró en el cuadro, una forma de compañías silenciosa, callada, sumisa y comprensiva. Fue a ella a quien comentó sus inquietudes sobre el incipiente avance tecnológico, las transformaciones científicas y el crecimiento de las máquinas. Fueron estas circunstancias que inspiraban a Verne a escribir novelas como “Cinco semana en globo”, “Viaje al centro de la tierra” y “Veinte mil leguas de viaje submarino”.
Había sido ella también, la que oía su lamento y sus preocupantes quejas por la conducta de Michel, su inquieto hijo.
Las mejoras en las vías de comunicación facilitaron materializar el deseo de Verne a conocer nuevos horizontes. Lo hizo a través de El Rocket, una locomotora que recorría la línea ferroviaria entre Liverpool y Manchester. También se aventuró en un barco de vapor, una importante innovación tecnológica de la industria de esa época. Estos viajes hicieron que en la ausencia de Verne, el cuadro que había acompañado durante tantos años se perdiera de su casa.
Capítulo IV
Entre los años 1871 y 1880, un hombre famoso por sus aventuras amorosas, salvajes y por su potencia sexual animal visitaba los prostíbulos franceses para satisfacer su inagotable apetito lujurioso. Era amigo de alternadores, bailarines y de mujeres de alta sociedad de quienes se nutría para escribir y para festejar inolvidables noches de pasiones animales. Era Guy, su apellido Maupassant.
En esos años, lo llamaron a las armas, para participar en la Guerra Franco-Prusiana. Nunca llegó al frente.
Fue en esos momentos en que conoció el rostro de una mujer, que descubrió como inmaculada, dulce, hermosa… diferente al resto de las mujeres que frecuentaba. Ese rostro colgaba de una pared en una sala de un burdel que solía frecuentar.
En esos momentos de placer con mujeres de verdad, su vigor masculino se veía inspirado en la mujer del cuadro. Y aunque no supiera su nombre, la adoraba casi místicamente.
Un frío martes, debió cumplir con el deber patriótico y acompañó a un grupo de franceses, que como él, decidieron huir de la guerra. Se hizo pasar como el Conde Hubert de Breville y subió a una diligencia para diez personas. Cuando los abrió, la vio. En frente, estaba una mujer galante, con un abultamiento prominente sobre su cintura, de mediana estatura, de piel suave, fresca. Su pecho era grande, y despertaba su carnal deseo defornicar. Pero al contemplar su rostro… no lo pudo creer. Debajo de esa peluca blanca, del maquillaje excesivo y el lunar debajo de su húmeda boca… estaba la dama del cuadro del burdel.
-Eres tú… eres ella… ¿eres?
-Isabel Rousset, señor. Aunque en el pueblo me llaman Bola de Sebo.
-No … ¿tú?... – preguntaba confundido - ¿eres la del cuadro?
-¿Cuadro?... No, soy Isabel. Isabel Rousset.
En el viaje, la mujer sufrió en carne propia la discriminación social. Era la víctima de una lucha declases que la mataba en vida. Ni aún el inmenso amor platónico de Guy la ayudó. Él prefirió callar, obligarla a hacer eso que no quería. Y acusarla después de ser una vergüenza.
Consiguió su libertad, pero en su corazón quedó la duda por saber si era realmente esa mujer la enigmática dama de la pintura. Esa que tantas noches de insomnio le robó.
Capítulo V
Transcurría 1915. Las tensiones entre los países europeos, acumulados desde el pasado, desencadenaron una sangrienta guerra. El ejército alemán invadía rápidamente los otros países, quienes iniciaron la guerra de trincheras para defenderse y atacar. El aire, el mar y al tierra en los campos de batalla. Los soldados debieron aprender a usar nuevas armas, como torpederos, submarinos, tanques y aviones de guerra.
A nueve kilómetros del frente alemán, un grupo de soldados jóvenes e inexpertos enfrentaban su miedo a morir, aún con un sincero amor a su patria, enfrentando el miedo, la soledad y el dolor. La sangre era derramada sin piedad y al amistad se olvidaba con la muerte.
Uno de ellos, Kemmerich yacía lánguidamente en el hospital de campaña, le faltaba una pierna y sus compañeros advirtieron que no saldría con vida de esta situación. Los enfermeros no querían colocarle medicamentos. Al final, era solo un soldado.
Cuando entró Baeumer, su amigo y compañero de 19 años, hizo un esfuerzo por hablar… con mucho dolor en su garganta dijo:
-Pablo… oye bien… oye bien.
-Sí, pero no te esfuerces Kemmer…
-Sí, es importante… Mira, cuando vuelvas… porque sé que volverás… encontrarás en casa de Erich, un cuadro que perteneció hace mucho a mi abuelo…
Una tos interrumpe la penosa conversación.
-Dile que te lo entregue. Cuéntale mi final y lleva como prueba las botas que él me regaló… Aaay, aay… Espera…
-Sí, te oigo…
-Esa mujer del cuadro era María Sarah Debray, esposa de mi abuelo… No hay más datos sobre ella que ese cuadro. Sus papeles se han perdido… Aaay
-No hables más.
-Sí… escucha… Ella es abuela de un familiar. Oliver Twist, quien murió sin conocer a su madre. Llévaselo a su familia… creo… que vivía en una ciudad cerca de Francia… valorarán el cuadro.
-Está bien… lo juro… pero descansa.
-Búscalos y dáselos. Ellos sabrán que hacer… Además hubo una mujer… Isabel Rousset, que buscaba este cuadro… era… era su tía.
-Sí, lo haré… Lo haré… lo juro por la historia de ésta guerra.
-Búscalos. Al fin, era mi familia. Y algo debe hacer… por ellos.
-Por favor, Kemmer… Kem…
Y al terminar murió. Había dado la vida por su patria y por mucho más. Y había develado un misterio que el destino había dejado en manos de un hombre que corría su misma suerte.
Carolina Avolio Taller de Comprensión y Producción de Textos I 2008
Corría el año 2060. La ciudad se encontraba invadida por las tecnologías, hasta el punto de que las personas eran manejadas por chips. En esta ciudad desierta de seres humanos se encontraba Pablo, un joven normal pero solitario. Pablo era un adolescente de 17 años que no tenía amigos, no hablaba con su familia, vivía su mundo que era su cuarto y los juegos electrónicos. Un día, decidió salir al mundo exterior y comprendió que había otra vida fuera de su universo y quiso conocerlo. Esa vida que él no conocía se encontraba marcada por personas que se relacionaban entre sí. Había más jóvenes como él, pero la diferencia era que Pablo era de carne y hueso mientras que el resto vivían y actuaban como robots. Pablo, al ver esta situación, no quiso seguir estando solo y trató de integrarse a la vida social moderna. Pero ojo, no le iba a resultar nada fácil. Un día, al atardecer, el joven decidió acercarse a un robot y decirle “yo quiero ser como ustedes”. El robot llamado Paquinton 08 no dudó en contestarle de una manera agradable, “te aceptaremos como uno de nosotros siempre y cuando cumplas con ciertas pautas”. El jovencito, ilusionado, le dijo que sí. Al día siguiente, el robot le mandó una carta a Pablo a través del cajón volador, un nuevo servicio que brindaba el correo. El sobre llegó enseguida y en el decía: “A las doce del mediodía tienes que estar en tu habitación, la cual estará remodelada y con 3 puertas las cuales tienes que ir sorteando”. Lo que Paquinton quiso hacer es demostrarle todas las cosas que podría perder si se transformaba en robot y siguiera conviviendo con su soledad. Eran las doce del mediodía y Pablo se encontraba en su cuarto, tomó el picaporte e ingresó en la primera puerta. Detrás de ella, se encontraba su madre y padre, con los cuales nunca había compartido nada, simplemente porque él había elegido la soledad como modo de vida. Los días pasaban y Pablo se sentía muy cómodo con su familia, pero había algo que no se acostumbraba .Era a tener que dar explicaciones. Eso lo hacia sentir atado, cosa que antes no sentía. Se adaptó a su familia, pero lo que lo empujaba a acomodarse mas rápido era poder lograr su cometido. Él y la familia se encontraban felices de sentir que habían recuperado al hijo que nunca pudieron tener. Detrás de la segunda puerta, lo esperaba el amor, descubrir lo que todo adolescente descubre a su edad. Al abrirla, se encontró con una bella jovencita que al verla, sintió que sus almas se conectaban. Comenzaron a hablar. Tenían tantas cosas en común que se sorprendían, la química entre ambos era extraordinaria. La hora llegó y Pablo tuvo que marcharse pero quedaron en que esa hermosa sensación que sintieron ambos no se perdería. Ingresó a la última puerta. Detrás lo esperaba la fábrica de robots. Esta puerta fue clave porque allí Pablo vio cómo era la transformación del ser humano en un aparato, cómo los hacían funcionar y hasta pudo observar cómo serían sus días si él se transformaba en uno de ellos. Pablo, al ver eso, entendió que ser uno de ellos lo llevaría nuevamente a la soledad y él ya no quería eso para su vida. Había descubierto un mundo maravilloso detrás de sus cuatro paredes. Al salir de ahí, lo esperaba Paquinton con la pregunta crucial: - Pablo, ¿vos querés ser uno de los nuestros? El joven le contestó: - Fui feliz con la vida solitaria que llevé, pero al pasar por las puertas, me di cuenta de que quiero pasar mi vida acompañado y, si me transformo en uno de ustedes, la soledad me perseguiría, porque ustedes son máquinas, no sienten y no viven como quieren. El robot sorprendido le contestó: - Tienes toda la vida por delante, aprovéchala.
Para los que fueron y volvieron, para los que fueron y todavía están allá y para los que volvieron, pero que sin embargo, se quedaron...
A veces creo que no soy quién para hablar de la guerra, que sólo los que murieron estuvieron ahí, pero no es asi. Todavía, tantos años después, la siento en el silencio; olor a cigarrillos, mates, sangre. Es como poner el oído en un caracol, ese ruido a mar, sólo que mi caracol es el silencio y mi mar son estruendos, son gritos, dolor. Yo estuve en la guerra, ahora estoy acá, tengo hijos, mujer, amigos y recuerdos. Tengo caras, muchas caras, retratos en mi cabeza de pibes con tres pelos en la barba, no tengo mi imagen. Poco a poco se van borrando, los nombres, las caras. A veces antes de dormir cuando se apaga la luz repaso; ¿Cómo se llamaba el morochito? Ese, el rosarino... Todavía no me sale. ¿Dónde estará? Prometo acordarme. Si recuerdo todavía está, va a seguir ahí. No hablo de ellos, ni de lo que hice, ni de dónde estuve ¿para qué? No se le pueden poner palabras, sería restarle importancia. Qué palabra se utiliza para describir la emoción que sentíamos cuando la ropa estaba seca, o cuando el sol salía y calentaba las piedras alrededor, o la muerte, cómo explicar lo que es la muerte o lo que dejó de ser para nosotros. Entonces me callo. Años, muchos años, tantos que me parece que no recuerdo cómo era antes, supongo que es el tiempo. Será que ahora entiendo que un año vale cien, que un día puede ser eterno, que la eternidad está en un momento, se guarda, espera y ataca. Te encuentra, en la casa de tu vieja, leyendo, tomando mate, es un timbre, son diez pasos, es una cara que te dice que tenés que ir y ahí está tu eternidad. Esa fue mi guerra, fueron mis días que duraron toda la vida. De a ratos vuelvo, estoy ahí de nuevo, cuando miro fijo algo y dejo de verlo, los que me conocen saben donde estoy y me dejan que vaya por un rato, pero sé que en el fondo temen que me quede, pero no me puedo, estoy acá. Muchas veces me preguntan cómo quedé después de la guerra y la verdad es que no sé cómo ni por qué, pero quedé y para mí es suficiente. Ahora tengo hijos, mujer, amigos y recuerdos.