Este blog es el espacio virtual del Taller de Comprensión y Producción de Textos I de la Facultad de Periodismo y Comunicación Social de la Universidad Nacional de La Plata.
Prof. Titular: Lic. Marcelo Belinche.
Prof. Adjunta: Dra. Rossana Viñas.
La vida ha cambiado mucho desde aquel lejano 1999. El hombre busca satisfacer otras necesidades. Hoy, tres mil años más tarde, el hambre y las enfermedades son fenómenos del pasado. Grandes rascacielos de plata se levantan sobre etéreos autos de asombrosa velocidad y robots de miradas lumínicas que invaden las transparentes calles de micro fibra de petróleo. Nahuel es un hombre que logró traspasar la época. Transgrede las normas de su tiempo.Hasta su nombre es antiguo. Es el clon perfecto de su padre, el fallecido científico español que diseñó el gen para mantener los sentimientos humanos por encima del microchip que el Gobierno implantó. Proyecto que fue rechazado, pero que realizó, ocultamente, en su hijo.
No hay indigentes en la calle, al menos durante el día. Esto le permite caminar con libertad. Compra una diminuta tableta de píldoras para el apetito y entraa la empresa de Comunicación Láser LV-X, donde trabaja. Nadie hace contacto visual. Todos se afanan en sus labores. El silencio es abrumador. Pasa seis largas horas en una burbuja metálica, frente a una pantalla de treinta y ocho pulgadas que tiene ciento tres teclados.
Las luces se apagan. Hora de irse. Afuera ve abierto un prostíbulo. Decide entrar y mientras se desnuda, una mujer de frías manos le pide que se coloque unos censores en los dedos y un casco lleno de cables en la cabeza. Éstos se conectan a su cerebro a través de un novedoso sistema satelital. En cinco minutos tiene un orgasmo, pero no tuvo contacto físico con ella. De su tarjeta de plástico salen sesenta pesos.
Cruza la avenida Urb-27, los vigilantes de acero sobrevuelan el lugar. Es que durante la noche aparecen los marginados habitantes subterráneos. Pero un rayo de fuego los desintegra totalmente. No quedan rastros. Son los que quedaron de la primitiva época de vida.
Pero el Nuevo Estado no puede ofrecerles soluciones. El sorprendente avance tecnológico los dejó sin trabajo, porque fueron, irremediablemente sustituidos por aparatos y artefactos que se controlan desde el espacio. Las naves que estudian a Saturno como futuro hábitat tienen el dominio sobre el campo laboral científico. Los ordenadores YV-SM no escatiman el dolor de la raza humana que quedó sin recursos económicos. Solo esperan a que mueran para que un Limpiador Químico- Magnético los elimine poco a poco.
No hay embarazos en esta nueva era. Los niños que nacen son por inseminaciones artificiales o clones de padres sanos. Son mantenidos en grandes depósitos climatizados y alimentados por mecanismos biónicos de inteligencia aplicada. Ven la luz recién a los veinte meses. Pero tienen prohibido recibir muestras de afectos para no crear lazos de debilidad humana.
Nahuel presiona un botón verde y su departamento se abre. Un plasma XD-C conectado al portero del edificio enciende las luces y su televisor. Piensa y reflexiona... asume que nadie ha hablado con él en todo el día, que sólo conoce personas en su trabajo. No tiene amigos. Y los que tenía han desaparecido. En la ciudad nadie ayuda al necesitado. Es más, lo ignoran. Las personas no se demuestran afecto ni cariño. Sólo mantienen relaciones por compromisos laborales. Todos cumplen un único rol. Y nadie sale de ese perfecto esquema. Es el precio del avance técnico y científico.
Se siente raro. Triste. Vacío. Solo. No sabe que es porque tiene en su cuerpo un cromosoma genético que le permite mantener sus sentimientos a flor de piel, sus inquietudes espirituales en completa armonía con su mente. Puede percibir el dolor ajeno y hacerlo propio. Se siente vacío. Pero, ignora que esto lo llevara a su destrucción. Necesita ser como los que están vivos. Fuerte, inescrupuloso, exacto, inconciente, egoísta, avaro en su sensibilidad, mezquino en sus naturalezas. Por eso tiene el presagio de una inminente muerte. No logrará sobrevivir.
Por Micaela Grandoso Taller de Comprensióny Producción de Textos II
Me despierto. Me duele todo el cuerpo, siento que la cabeza me va a estallar. Dormiría hasta las diez de la noche, pero no puedo. Pienso, pienso y doy vueltas en la cama, es todo lo que puedo hacer. Me invade una sensación que me resulta inexplicable, es una mezcla de angustia y bronca. Es decepción, desilusión. La tristeza de sentirse derrotado. Las imágenes de anoche no me dejan pensar en otra cosa, y no quiero pensar en nada más. En mi sólo hay dolor y un nudo en la garganta que no entiendo. El dolor de ver la realidad, ver que nada cambia, que tantas muertes son en vano. Un policía mata a palos a un chico, nos espantamos un par de días, lloramos un poco, miramos la marcha por TV y después todo queda en el olvido. Pienso cómo me acostumbró a tanta violencia, cómo me acostumbré a esta policía. Escucho hablar a gente que todavía justifica lo injustificable, dicen “algo habrán hecho” y piden que vuelvan los militares. El dolor en el alma es fuerte, no dejo de sentirlo un segundo, los moretones pierden protagonismo. Click. Prendo la tele. Busco un noticiero. Click. Un partido de fútbol. Click. Un dominó gigante en la Avenida de Mayo. Click, la presentación de un libro de autoayuda. Click, Crónica firme junto al pueblo. Al fin encuentro algo. Un móvil de diez minutos. Me pregunto dónde estaba parado este tipo que me habla desde la pantalla, diciendo boludeces: que la policía tuvo que reprimir a un grupo de inadaptados y revoltosos, que no pudo distinguir entre los que tenían entrada para ingresar al recital y los que no. No pudo no, no quiso distinguir. El periodista habla con una venda en los ojos mientras las imágenes muestran a la policía disparando balas de goma por la espalda al público que corre para escapar de tanta violencia. Mi indignación aumenta cada vez más. Tengo 18 años y un presente que me pesa. Siento que ser joven hoy es ser algo parecido a una bolsa de basura. Todos piensan que no sirvo, los que estaban anoche conmigo tampoco sirven, parece. Pienso que soy sinónimo de delincuencia, y más si el contexto es el rock. Estoy armado con la remera de la banda de música que más me gusta y un par de zapatillas Topper, un peligro para la sociedad. La policía reprime sin sentido a los jóvenes y algunos lo justifican diciendo que somos todos pendejos faloperos y borrachos. Las imágenes siguen en la pantalla pero ya no veo ni escucho. Escuchar tantas mentiras es como volver a ser reprimido, pero la condena social duele mucho más que miles de bastonazos y balas de goma. Quiero quitarme este peso de encima. Aquellos que dejaron de ser “jóvenes” para convertirse en “personas” nos culpan de todo. Nos culpan de una herida que ellos mismos ayudaron a provocar, y que a nosotros también nos arde. Para la sociedad somos culpables del desinterés, del conformismo, de la desesperanza, de la violencia, del consumismo, de la delincuencia, de la drogadicción, de la estupidez, de la superficialidad, de las enfermedades venéreas, de la pobreza. de la contaminación y hasta de que Argentina no vaya al mundial. ¡Cómo si hubiéramos venido del Infierno a sembrar estas pestes entre los hombres de la Tierra, que vivían en paz y armonía tirándose flores y haciendo burbujitas de jabón! Nos endosan la falta de compromiso social y la muerte de las grandes ideas movilizadoras. Para muchos la culpa es nuestra y esta supuesta apatía no tiene nada que ver con una Dictadura Sangrienta que persiguió, torturó y desapareció a toda persona con ideas, a todo aquel que pensaba, que confiaba en que las cosas podían cambiar, que pisoteó los sueños de esos padres que nos educaron con miedo, que nos enseñaron a no meternos, a quedarnos callados y dejarnos abatir ante las injusticias. Y una democracia que nos persigue, que nos trata de delincuentes, que nos culpa de todos sus males, que nos castiga por divertirnos. Click. En la pantalla de mi televisor aparece un programa para adolescentes que alimenta el conformismo y una imagen falsa de mi generación. Pienso que llegó el momento de deshacernos de ese estigma, dejar de ajustarnos a las etiquetas que nos ponen, y demostrar que podemos ser quienes queremos ser. Todavía nos queda la certeza de que podemos “hacer” además de “ver”, y que algo puede cambiar. Click. La pantalla queda negra y mi mente no queda en blanco.
Taller de Comprensión y Producción de Textos II Extensión Moreno
Cuando la cosa viene torcida desde el principio, es difícil cambiarla.
A Ricardo le había tocado nacer en un conventillo de Pompeya, rodeado de inmigrantes polacos. Su padre era uno de ellos, venía de sufrir la guerra, el hambre, la miseria. Nunca le podría haber pedido mucho a su viejo, excepto que dejara de golpear a su madre, una mujer oriunda de Pompeya, hija de inmigrantes españoles. Amelia, su hermana mayor, dedicaba su vida a cuidar a su abuela por parte de madre, una anciana de noventa y tantos años, que, luego de fallecer dejara en su nieta el estigma de la locura.
Desde muy pequeño, Yoyo, como lo llamaban sus amigos, padeció el alcoholismo de su padre quien al regresar del trabajo tenía como rutina golpear a su esposa.
Debido a esto con su escasa edad, Yoyo decidió salir a trabajar. Lustrabotas, canillita, verdulero, zapatero, fueron algunas de las profesiones que supo ejercer para ayudar en su hogar con la comida. Pero hubo en ese tiempo un trabajo que lo había atrapado: vender libros. En ellos encontraba algo más que papel impreso. Amaba leerlos, pasaba horas y horas escapándose con su imaginación. Pero escaso fue el tiempo de este trabajo, porque su patrón, un hombre decente y respetado en Pompeya, intento abusar de él sexualmente. La barra del puente, como se llamaba el grupo de amigos que tenía Yoyo, respondió a este intento de abuso incendiando todo el local. Pero con una salvedad: antes de encender el sitio todos los libros habían sido quitados del lugar y repartidos entre la gente del barrio de manera gratuita.
La barra del puente, estaba conformada en su mayoría por hijos de inmigrantes europeos; todos eran reos, pero buena gente. Entre ellos había respeto mutuo, se ayudaban, cuando uno no tenía para comer. Si otro tenía ese día invitaba a la familia de su amigo a comer.
Estos niños, que eran hombres, habían tenido que crecer a la fuerza por razones de supervivencia. Mil traumas justificados debían de tener estos jóvenes, pero no era así. Ellos no culpaban a nadie de su situación, la afrontaban con valor, dándose una mano entre ellos, no dejando a nadie caer. Por eso Yoyo tuvo dónde aferrarse en los momentos más trágicos de su adolescencia. La muerte de su padre, cuando tenía tan solo 16 años, significó dolor, ya que había sabido perdonar el maltrato que había padecido de su mano. Comprendió con esto la dura vida que su viejo había padecido en su tierra natal.
Las inundaciones marcaron a Yoyo. En tres ocasiones el agua le hizo perder todo y tuvo que empezar de cero otra vez. Este tipo de hechos fueron los que definieron su amor a la vida, su insistencia de seguir, pero sin bajar los brazos. Fue jefe de familia casi desde que aprendió a caminar. Amaba estudiar, pero necesidades más urgentes le impidieron aprender de manera continua. Ya de adulto pudo culminar con sus estudios secundarios asistiendo al turno noche. Después de perder tres veces todo lo material, de cuidar a su madre y hermana y de perder a su padre, sufrió la cruda pérdida de varios amigos en la época oscura de la dictadura militar.
En 1977 consiguió un trabajo estable como operador de cine en Palermo y gracias a esto, un año después, pudo comprar un departamento a estrenar en Paso del Rey, lugar que hasta ese momento sólo conocía de palabra.
Los años pasaron, el amor golpeó las puertas de su corazón y con ese golpe dos hijos vinieron a su vida.
Los frutos del trabajo daban resultado, y otra casa pasaba a ser suya, de esta manera el departamento se lo regalaba a su madre y a su hermana.
En los años 90 la crisis no esquivó las puertas de su hogar y Ricardo fue echado de su trabajo.
En vez de resignarse y caer en una depresión, teniendo dos hijos que alimentar, decidió cumplir su sueño y con la indemnización compró libros. Con su falcón modelo 67, Yoyo salía por los barrios de la ciudad de Moreno, a llevar al hogar de todos los vecinos, aquello que el tanto amaba y que la vida por diferentes razones nunca lo había dejado disfrutar.
Soñaba con una sociedad más justa, donde todos tuvieran las mismas posibilidades. Intentaba llevar un mensaje de fuerza y lucha, de amor a la vida, mediante sus libros.
En su auto tenía pintadas frases como “Los libros de la buena memoria” o “Leer es barato”.
En sus últimos años de vida, enfermo de un cáncer de estómago, Ricardo no bajaba los brazos. Cada noche se dirigía a la plaza de la estación. Vendía de noche porque de día estaba prohibido vender libros, la municipalidad dejaba vender solo a todos aquellos que transaran con ellos dándoles una coima.
Pero Yoyo siempre se negó a negociar. Sabía que existía una ley internacional que lo habilitaba para vender libremente sus libros.
Y así falleció, dando a los demás aquello que creía indispensable para el bien común. Dando vida, dando libros.
“Sous le ciel de Paris / S'envole une chanson / Elle est née d'aujourd'hui / Dans le coeur d'un garçon / Sous le ciel de Paris”
Edith Piaf
Las heridas de la última batalla comenzaban a sanar para algunos de los integrantes de la Compañía F. El General decidió otorgar un respiro para aquellos que habíamos sobrevivido a los tormentos de la guerra desde el salto en Normandía. Un fin de semana en una ciudad intacta, pero no muy lejana a la realidad.
París nos recibió con los brazos abiertos y todos la disfrutaban. Bares, mujeres, camas suaves, largos baños, caminatas y risas que sonaban por doquier. El tiempo se recortaba cada vez que se miraba el reloj. Pero nadie se afligía por eso.
Algunos soldados de la compañía lucían sus nuevas condecoraciones, sus ascensos. Entre ellos, estaban algunos de mis amigos. Yo sólo me detenía a mirar, a escuchar. El primer día se esfumó entre un baño, una carta a mis padres y una caminata. Por la noche, fui al bar del hotel, donde cada uno gozaba de la intimidad de su propia habitación y su propio baño. Allí mi amigo Moody, completamente borracho, reía junto aFischer, Taylor, Moore y Duck. Al acercarme, un estallido alegre me recibió:
-¡Miren qué trajo el viento! El maestro de la precisión. Así que, amigo mío, eres el nuevo francotirador de la unidad, ¿eh?
-Así dicen.
-¿Por qué no vienes a festejar con nosotros? Iremos a un lugar rojo - reía Moody - ¡Rojo! Lleno de mujeres que lustrarán gustosas tu rifle.
-Agradezco tu invitación, Karl. Quizás otro día.
-¡Oh, vamos! ¿No te gustan las mujeres, soldado? – aún reía.
Sonreí con ellos, festejando el chiste del desinformado soldado, pues, camino a París, la noticia de una mujer en una de las compañías se había filtrado a causa del Teniente White. El hombre entró en la enfermería cuando quitaban una bala de mi pierna. No había dicho nada. Sólo miró. El doctor Taylor habló con él más tarde y White sólo respondió que arreglaría conmigo las consecuencias de mi presencia. Hasta ese momento eran unos pocos de mis colegas quiénes sabían. Moody aún no estaba enterado, y aunque él sabría guardar el secreto, yo no podía decírselo.
Salí nuevamente a las calles parisinas. Ahora, oscuras y silenciosas por la madrugada vecina, me parecían completamente ajenas. Me sentí, por primera vez, lejos de casa. Al caminar unos pasos, Taylor apareció:
-Una noche tranquila.
-Para nosotros… allí debe ser un infierno. – dije.
-Me alegra poder estar lejos. Trato de no pensar en ello. ¿Cómo sigue tu pierna?
-Mejor. No duele. Sabes, no volveremos a Le Vanneau-Irleau, vendrán algunos reemplazos mañana, y nos trasladarán.
-Bastogne. Sí, escuché algunos comentarios.
-Pararemos antes en Reims. Allí nos abastecerán.
-Suena divertido.
Eugene en batalla era tan serio que asustaba sólo pensar que pasaría por su cabeza. En París se veía relajado. Hablaba poco de su vida antes de la guerra, pero sonreía y bromeaba. Su ceño, por momentos, se estiraba.
-¿Cómo has llegado a médico de la unidad?
-Es gracioso. Sabía algo de medicina gracias a mi padre. El gran doctor de la familia Taylor. Quería que fuera doctor también. Pero, me enlisté en el ejército. No iba a perderme todo esto. Así que, alguien me señaló y gritó: “médico”. ¿Ahora confías en que seguiré salvando tu vida si caes?
Sonreí.
-Por supuesto.
Caminamos hacia el hotel y en el pasillo nos despedimos. Me dormí pronto, completamente relajada. Sonriendo.
___
Gritos desesperantes me habían despertado a mitad de la noche. No había amanecido aún. Pasé mi mano por mi rostro, y me levanté. Por un momento, pensé que los alemanes habían tomado París pero al mirar por la ventana note que las calles seguían tranquilas. Los gritos aparentaban dolor. Alguien tocó mi puerta y abrí, aún en la ropa de noche que vagamente se asemejaba a un pijama.
-Doc, ¿escucha? Viene del cuarto cuarenta y siete. – dijo McLaureen con un gesto angustiante.
-¿Y?
-Es el cuarto de… él… usted sabe…ella…Ryde.
Me paralicé por completo, mi corazón se salía de su lugar, la misma sensación de temor que tenía cuando, en medio de una sangrienta batalla, alguien gritaba mi nombre. Comenzaron a salir otros de nuestros compañeros. McLaureen, uno de los que conocía la historia de Abriel, había advertido a Price y al sargento Foley de lo que sucedía, y todos aguardaban frente a la puerta cuarenta y siete. Me dirigí hacia allí y golpeé la puerta tan fuerte como pude.
-No, doc, es inútil, White ha dicho que quien estorbase o dijera algo sobre esto, sería enjuiciado con ella. O hasta tildado como traidor – me informó Steven McLaureen.
Moody, que dormía en la habitación siguiente de la de Ryde, abrió la puerta, y los siete que estábamos en el pasillo, nos metimos en su habitación, empujándolo con nosotros. Steven le contó parte de lo que sucedía, el resto teníamos nuestras orejas sobre la pared que compartía con el otro cuarto.
-Un momento, ¿amenazas? ¿Quién demonios está ahí? ¿Y qué hace White en la habitación de Thomas?
Todos lo miramos.
-Karl… . comencé a decir, pero me fue imposible contarle.
Charles Duck, entonces, tomó mi puesto y le dijo:
-Él es mujer… digo, ella no es hombre. ¡Diablos, Karl! Ryde es mujer, su nombre es Abriel. Thomas era su hermano gemelo, que se suicidó porque fue obligado por su padre a enlistarse porque era una maldita mariposa. Ella tomó su puesto. Y ahora White, está arreglando un pacto de silencio.
-¿Es una broma?
-No, Karl. – dije desde el otro lado de la habitación.
-¿Cómo…? ¿Cómo es que…? Él es un maldito hombre, ¿no lo vieron?
-Es una falla de la naturaleza, Karl, sus hormonas enloquecieron, y hacen todo su trabajo al revés.
Moody seguía gritando. Al igual que Abriel. Pero por distintos motivos. La situación excedía mis límites. Decidí salir y matar a ese desgraciado. Pero me detuvieron en la puerta.
-Gene, él te matará a ti. Tranquilízate.
Entre varios, me trasladaron hasta un sofá. Allí, lleno de ira:
-Un día… ese hijo de puta se cruzará en mi mira, o morirá desangrado por alguna herida que no sanaré. Pero morirá.
-Doc, doc, relájese. Es lo mejor. Ryde se metió en esto, todos la admiramos; su valor, valentía, pero sino respetamos esto, todos, inclusive ella, la pagaremos caro. – me dijo Duck.
Unos interminables minutos más tarde, cuando Duck dormía, otros, como yo seguíamos atentos en silencio, Moody se había ido al bar y McLaureen vigilaba el pasillo, los gritos cesaron, y oímos que una puerta se cerraba bruscamente.
___
Veía a White por todos lados. Aún temblaba. Luego de doce horas en la cama, había decidido salir a disfrutar de París siendo mi última noche allí. Tomé un baño ligero, me puse el uniforme, y salí. Debía actuar como si nada hubiese sucedido. Sabía que alguien se había enterado, pero no sabía quién. Y temía que eso difundiera aún más mi situación. Después de todo, era un soldado. En la calle nadie notaría nada.
Caminé lo suficiente para que la llegada del atardecer me sorprendiera. Ahora el tiempo parecía corto. Y el descanso no me había servido. Me senté en un banco, cerca de un lago enorme. Sobre el agua, se veían los reflejos de las luces que de a poco se iban encendiendo. Apenas me movía. Mi cabeza no me daba tregua. Repasaba cada movimiento de mi vida. Crecer como hombre jugando con hombres, adolescencia femenina, secretos con mi hermano, mi hermano, su muerte, el viaje hacia el campo de entrenamiento, la guerra, el teniente. París. Pero alguien que me hacía bien, no había cobrado importancia en ese instante de repaso. Eugene era sólo un cable a tierra. Estaba para ayudarme y vivir más tiempo sobre este suelo manchado. Pero no estaba, para lo que realmente lo necesitaba. Casi un año lejos de mi casa. De los brazos de mi madre, de mis amigos, de mi trabajo. Millones de muertos. Uno de ellos, mi hermano, que no pisó tierra enemiga, pero murió a causa de la guerra. El Día D había sido el primer día de mi nueva vida, y había comenzado atrozmente. Rodeada de miedo, dolor, furia, perdición. ¿Dónde me encontraría en medio de tantos disturbios? Parada en el frente, era presa fácil. Y podían atraparme.
Miré hacia el cielo, ya oscuro de nuevo. Acomodé mi uniforme y al pararme ví a Eugene a unos metros, observándome. Volví a sentarme y él se acercó.
-Nuevamente, una noche tranquila. – dijo con una sonrisa falsa en su rostro. No respondí. – Han dicho que a las 0600 saldremos hacia Bastogne.
-Lo adelantaron. No podré dormir hoy, anoche dormí demasiado. Creo que tomé mucha cerveza en el bar.
-Sí, a Jhon le sucede siempre. – dijo bajando la cabeza. De pronto, ese hombre me dio toda la confianza posible que una persona le puede brindar a otra. Seguía siendo mi cable a tierra.
-Eugene, el teniente…
-Lo sé. Ya no importa, Ryde. – dijo bruscamente. Entendí que era uno de los que sabía. Lo miré largo tiempo, y al notarlo, me miró también. – Tienes lindos ojos, Ryde.
-Gracias. – dije sonrojándome.
El coqueteo siempre había sido incompatible conmigo. Taylor lograba ponerme nerviosa nuevamente. Cada vez que abría la boca, mi respiración se estancaba, mi corazón brincaba en su lugar.
No me lo digas. Quisiera no escuchar. No quiero que me digas esa palabra que tanto lastima. No me lo digas. Quisiera no escuchar. Nunca me creí una persona adulta. Siempre me consideré un adolescente que, al igual que un niño, lleva sus ideales dentro. No me lo digas. Quisiera no escuchar. Me van a arrebatar a esa joya que llevo dentro… ¡Mamá, me la quieren sacar! Necesito ayuda. Necesito una vida. Un día no alcanza para poder asimilar lo que siento. Un día es tan corto, pero tan largo por la pena. Quisiera quedarme dormido y no despertar más. El tic-tac del reloj resuena en mi mente, como balas que ya empiezo a escuchar. El miedo y el paso del tiempo son inexorables, pero quisiera acabar. ¡Mamá, ayudame, me quiero quedar! La guerra no es como en las películas. En la realidad la gente muere y sufre de verdad. El dolor crispa los sentidos, corroe el significado de la vida, y hunde tu mirada como el Titanic en el mar. ¡Mamá, yo apuesto a la vida, me quiero quedar! Mamá. Mamita. Ayudame mamá. Porque a la guerra voy solo y necesito una mamá. Que me mime, que me ame y me pueda socorrer. Que me pueda tapar los oídos cuando ya no pueda ver. Mamá. Mamita. Quisiera no escuchar. No me digas que mañana, quizás, ya no vuelva más.
Por Ayelén de Jesus Correia Taller de Comprensión y Producción de Textos II
La librería estaba casi vacía. Sólo la vendedora y una mujer con un bebé caminaban entre los pasillos, chusmeando novelas. Yo, como todas las semanas, paseaba la vista por una góndola apartada de la claridad del local. Un pasillo entero está dedicado a la historia argentina. De ese largo pasillo sólo una punta, al final, trata del período de la dictadura. No sé por qué será. Creo que la gente prefiere olvidarse de todo lo que tiene alguna relación con esa época tan triste. Sólo los hermanos, padres, abuelos, amigos y conocidos de las víctimas de tremenda catástrofe seguimos en pie, tratando de evitar que las voces callen. El país se comporta como esta librería: se esconde en las sombras todo aquello relacionado con la dictadura militar. ¿Es mejor olvidar? Creo que para muchos sí. Creo que muchos prefieren hacerse los boludos pasando por el final del pasillo de manera fugaz, ignorándolo, haciendo de cuenta que ni siquiera existe. Mis pies ya conocen el recorrido: van de un lado al otro acompañando a mis ojos que miran una y otra vez esa góndola sin iluminación buscando algo que saben en el fondo que no encontrarán: algún nuevo libro de la dictadura. Quizás alguno de los que sobrevivió escriba su historia. Y quizás en esa historia aparezca el nombre de mi hermano. Sé que suena raro, sé que es medio imposible, pero sentado en mi casa no voy a lograr nada. Con ese pensamiento pasé días y días delante de esos textos. Sin embargo todo seguía igual a la semana pasada, incluso había polvo sobre algunos ejemplares. Creo que soy el único que pasa por ahí y se detiene a pensar. En la radio sonaba "Nos veremos otra vez", de Serú Giran. Ese tema me hace acordar tanto a mi hermano. Me da ilusiones, esperanza. Me hace volver a creer. La mujer con el bebé se fue y entró un hombre de aspecto algo descuidado y otro señor con anteojos redondos y portafolio. El primero en entrar se dirigió con paso firme hasta mi lado. De descuidado y destartalado tenía sólo el aspecto. Me miró, miró mi mano sobre un libro que tengo en casa y me sé de memoria. - ¿Me permite?- preguntó con voz débil. - Cómo no, tenga- le contesté de inmediato. No sé por qué, pero ese hombre me generaba curiosidad. Me quedé contemplándolo durante un largo rato. Él se dio cuenta de esto. - ¿Ocurre algo, hombre?- me dijo amablemente. - Ese libro, es muy bueno- le dije. -Yo lo leí unas treinta veces, casi que me lo sé de memoria. - Sí, yo también me lo sé de memoria- contestó con un dejo de amargura en las palabras. -Me lo sé tan bien como la historia misma. Yo estuve ahí, ¿sabe? Fui prisionero de esos hijos de puta. Viví años encerrado ahí adentro. Mi corazón empezó a latir con fuerza. Él vivió lo mismo que vivió mi hermano. Quizás habían compartido el centro de detención. Quizás se habían conocido. - ¿Podríamos continuar con esta conversación? A una cuadra hay una cafetería muy buena. Si tiene usted tiempo y no le molesta hablar del tema, estaría encantado de invitarle algo. Con una vaga sonrisa aceptó la invitación. Creo que los dos necesitábamos hablar. Los libros eran buenos para aprender un poco más, pero no eran tan buenos oyentes como otro ser humano. Diez minutos después estábamos en un conocido café de la ciudad. Nos sentamos alejados de la multitud y el griterío (alejados, una vez más. Justo como en la librería). Él pidió un cortado. Yo un café con leche y dos medialunas. La charla continuó. El hombre se llamaba Carlos Badalucco. Lo habían detenido en 1977. - Se apagó la luz, yo me moría del miedo. Sabía que venían por mí. Y dicho y hecho. Llegaron y me metieron en un auto. Cuando volví a ver, estaba en la ESMA. Me decían terrorista, ¿sabés?- dijo con tono burlón. -Si militabas en la facultad, eras terrorista. Vos fijate qué poca cabeza que tenían esos tipos... - ¿Y eran muchos? ¿Te acordás algún nombre?- yo estaba esperanzado. Sí, sabía que tenía que ser una coincidencia asombrosa, pero todo era posible. Yo tenía la sensación de que mi hermano no estaba muerto. No debía estar muerto, no podía... - Mirá, mi memoria no es muy buena- comenzó algo apenado. -Pero en la capucha en la que estaba yo, había tres flacos más. Todos muy asustados, pobres. Yo también lo estaba, pero disimulaba. Me hacía el fuerte. Cuando nos agarraban para interrogarnos todos empezábamos a hablar de nuestras familias, de aquellos que queríamos. Quedamos en que si alguno de nosotros zafaba se iba a contactar con las otras familias. - No te acordás los nombres, ¿no? Los nombres de ellos... - Mirá, no te quiero crear falsas expectativas, más de 5 mil tipos pasamos por ese maldito lugar, las posibilidades de que yo haya sido compañero de tu hermano son mínimas, para no decir imposibles- me dijo. - Ya lo sé, ya lo sé- le dije un tanto impaciente. Ese hombre me estaba volviendo loco, dijo muchas cosas interesantes pero justo eso que me importaba a mí no lo decía. - Los apellidos de todos no me los acuerdo, a uno lo mataron en medio de un interrogatorio. Los tipos tenían información. Yo creo que sabían quiénes podían llegar a tener un conocimiento extra y quiénes no. Yo sigo acá y no me jodieron mucho con preguntas. A los otros dos tampoco, pero uno de ellos se reveló. Era entendible, los tipos te volvían loco, te trataban como una basura, no eras humano. Ese flaco se la bancó. Defendió sus ideales hasta el último momento. Pero esos hijos de puta no te tienen paciencia. Si los cansás, te matan de la manera más denigrante. No les importa nada. Una lástima, porque el pibe era bueno. Lo mataron un mes antes de que todo terminara. El otro sigue vivo creo, perdí todo rastro, se fue al exterior según tengo entendido. Le dije el nombre de mi hermano. Traté de describirlo lo mejor que pude, lo mejor que mi memoria me permitía. - Por favor- los nervios me estaban matando, necesitaba saber cuál era mi hermano. Era uno de esos tres, lo intuía. No sé cómo, pero lo sabía. -Decime los nombres, ¿quiénes eran? Lo presiento Carlos, uno de ellos es él, ¿no? Los ojos del hombre se oscurecieron de a poco, parecía que algo en su interior se había apagado. - Tu hermano fue mi compañero. Lo mataron porque no lo podían domar, no podían calmarlo, él luchó por volver con su familia. Verdaderamente fue un héroe, un ejemplo a seguir. Yo no me voy a olvidar nunca de tu hermano. Muerto. Estaba muerto. Los militares lo habían matado. Mis profesores de la secundaria tenían razón. Lo habían matado y esa era la única verdad. No podía hablar. No sabía cómo empezar. No había necesidad de hablar, un par de miradas dijeron todo. Carlos me entendía. Me entendía y me apoyaba. Se apoderó de mí una sensación muy rara. No podía respirar con total libertad pero no me estaba ahogando. Era como respirar después de un baldazo de agua fría. Mi hermano había muerto. Muerto y yo no tenía su cuerpo siquiera, para hacerle un homenaje de verdad. Había muerto y no sabía dónde estaba. - Yo sabía- empecé a decir entrecortadamente. -Sabía que era uno de tus tres compañeros. Confiaba en que fuera el otro que sobrevivió. - No quería darte esta noticia, pero tenés que saber que tu hermano no fue ningún cobarde. Se jugó todo por los que quería, recordalo así. Se acercó el mozo. -$18,50 serían- dijo. Le pagué y me quedé mirando a la ventana. Mi mente estaba vacía. No fui capaz siquiera de sacar la cuenta del vuelto que me dio el chico del café. Creo que pasé una hora así. Carlos no se movió de mi lado. Mañana va a ir a casa de mis viejos. Vamos a hablar los tres, nos va a contar todo lo que recuerda de mi hermano. Yo ahora me voy a dormir. Siento que no dormí bien desde que se llevaron a mi hermano a la ESMA. Estoy en paz. ¿Estoy en paz? Creo que sí. Espero estarlo por él al menos, que dio su vida por todo aquello por lo que creía. Por lo menos ahora sabemos qué fue lo que le ocurrió. Sólo sé una cosa: Nunca voy a dejar de visitar esa librería. Nunca voy a dejar que esos libros se llenen de polvo. Nunca voy a dejar que apaguen mi voz.