viernes, 4 de noviembre de 2011

No dejarse matar

Juan Pablo Fluger
Taller de Comprensión y Producción de Textos I



La noche ofrecía una visibilidad excelente gracias a una luna llena que nos representaba un cuidado mayor. Nosotros cuatro; Ané, Irisarri, Demarchi y yo, Galaz. Los tres primeros eran reclutas y yo era el sargento de una unidad que conmigo sumaba algo, pero no mucho, de experiencia en combate.
Nos encontrábamos bajo fuego y trotábamos agachados resguardándonos tras unas maquinarias agrícolas que estaban abandonadas a la vera del camino. Buscábamos el flanco que nos permitiera ver con facilidad el origen de los disparos.
Estaba claro que el enemigo no sabía que nosotros estábamos en misión de flanquearlos, como tampoco sabíamos nosotros si ellos estaban haciendo lo mismo. El combate llevaba ya tres horas y el cansancio se hacía sentir en las piernas y la espalda. Cargábamos nuestras mochilas con equipo más los fusiles.
El vasco Irisarri, un recluta regordete pero más por contextura, ya que poseía un buen estado físico, era en su vida de civil abogado. Sentía una afinidad casi romántica por lo bélico. Alguna vez en el campamento habíamos hablado y al enumeraba casi de memoria los conflictos esputando consignas patrióticas. A mi particularmente, la cuestión patriótica me cansaba un poco. El ejército necesariamente genera una visión violenta y poco racional de las relaciones humanas.
Demarchi era médico, bajo y de semblante tranquilo había perdido un hermano durante la invasión y luego de eso, como es además natural, hablaba poco pero siempre acotando con racionalidad. No dudaba, pero pensaba muy bien antes de actuar. Siempre es bueno tener en momentos de irracionalidad a alguien que intelectualizara más las cosas. Sabia como llevar tranquilidad a los muchachos y yo le estaba muy agradecido por eso.
Ané era chacarero, un muchacho unos años más joven que nosotros tres. Estudiaba agronomía y los últimos años había pedido prorroga pero se le había denegado por la necesidad de hombres que tenía el ejército. Era el de menor experiencia aunque eso no determinara nada. Estábamos todos en la misma. No dejarse matar.
Los disparos pasaban un poco más lejos y podíamos ver los ases de luz de las balas trazantes, seguíamos agachados en fila india, yo adelante. Pudimos llegar hasta una lomada que nos dio respaldo y nos apoyamos. Sentimos las vibraciones que generaban los estallidos de los morteros contra la tierra. Ninguno de nosotros sentía miedo, o no lo demostraba. Los gritos de los desgraciados que eran alcanzados por los perdigones o por las balas nos hacía recordar lo cerca y lo fácil que la muerte se presentaba en esa situación.
-Voy a mirar – dije.
Me di vuelta apoyando el pecho sobre la loma y me arrastre hasta que pude ver con cierta claridad como desde dentro de un monte a unos cien metros partían los disparos.
Son dos ametralladoras calibre 50 – les dije y agregue – se necesitan mínimo dos por por cada arma.
-¿Qué hacemos? - pregunto Ané – ¿Les tiramos una granada?
-¿Te quedan granadas? - lo apuro el vasco.
-Sí, una – respondió el recluta.
-No – los interrumpí-, estamos demasiado lejos todavía, vamos a revelar nuestra posición.
Estábamos protegidos detrás de la loma. A unos cincuenta metros había una crotera pero para llegar debíamos quedar expuestos a los tiros, con nuestro equipo y la luz que daba la luna nos delataríamos, era una muerte segura o muy posible.
-Si pudiéramos llegar hasta la crotera, tendríamos buen fuego sobre el monte- Dijo Demarchi.
-Es verdad- reflexione- pero sería por solo unos minutos. Cuando descubran nuestra posición, nos fusilan. Las croteras están hechas de barro, las balas de la calibre 50 las traspasan como manteca.
-Tiene razón, Sargento. Las balas destruirían la crotera en dos ráfagas- me respondió el doctor y agrego- pero fíjese que el ángulo de la 50 llega a lo sumo hasta esta loma. Me acuerdo de que en el entrenamiento nos enseñaron la calibre 50 y notamos que el ángulo del pie le permite un giro reducido y estoy seguro que esta loma está en el límite de ese ángulo-. Siempre con verdadera calma, era asombroso el semblante de ese hombre, por un lado me alegraba tenerlo de nuestro lado pero no pude evitar sentir lastima por esa persona desprovista de sentimientos.
Era verdad lo que el doctor señalaba, la calibre 50 tenía un ángulo reducido de giro. Si nos arrastrábamos podíamos dejar la loma y llegar a estar fuera del alcance de las balas del enemigo.
- Vamos a tener que dejar el equipo y llevar solo lo imprescindible. Ensucien con barro las partes cromadas de los elementos que carguen, la luz de la luna puede hacerlas brillar y delataríamos nuestra posición- fueron las instrucciones que les di antes de partir.
Dejamos las mochilas, mire para atrás para cerciorarme de que estábamos listos y vi que el vasco se había embarrado toda la cara. Es increíble cómo se puede hacer para tener humor en ese momento, supongo que sirve también como distensor, pero su expresión de dientes apretados y la cara toda sucia, hizo que me riera y le solté – Dale Rambo, seguime. No levanten la cabeza por nada del mundo y hagan movimientos discretos.
Cuando habíamos avanzado algunos metros el chacarero dijo – No nos vieron -. Ya lo sabíamos pero había algo tranquilizador en decirlo.
Volvíamos a sentir en el pecho la vibración por los estallidos de los morteros.
Una vez en la crotera pudimos divisar al enemigo. Como lo había sugerido, eran cuatro soldados, dos por ametralladora.
No se han percatado de nuestro movimiento, pensé. Podíamos ver con cada ráfaga las posiciones del enemigo, estábamos más cerca de lo que creíamos
-Vamos a tener que tomar uno cada uno y disparar todos a la vez – propuse.
-¿No sería mejor tirarles la granada? - pregunto Ané.
-No es conveniente – afirmó el doctor y agregó-, aunque estamos a una buena distancia es improbable que matemos a los cuatro con una granada. Si alguno queda vivo es cuestión de que apunte con la calibre 50 en esta dirección y estaríamos perdidos.
El vasco los midió con su arma y dijo – Sargento, yo me cargo al que dispara del lado norte. Puede ud. apuntar al otro. Que Ané prepare la granada y Demarchi apunte al cargador de la primera. De manera que cuando caigan los dos artilleros y un armero el que quede vivo no va a tener oportunidad de acomodar la ametralladora, tenemos el elemento sorpresa de nuestro lado.
-Tiene razón el vasco – dije-, Ané, prepare la granada yo le voy a decir cuándo. Demarchi venga, póngase a nuestro lado, vamos a apuntar.
Nos dispusimos a apuntar los tres, los caños sucios de los fusiles no brillaban bajo la clara luz de la luna y eso me tranquilizaba.
-A la cuenta de tres disparamos, cuando yo empiece a contar ud.Ané le quita el seguro a la granada y cuando hayamos disparado la tira, ni un segundo mas ¿entendió?
-Sí, mi sargento- respondió el chacarero.
- Uno – Dije y escuche como saltaba el seguro de la granada -, dos – pude ver como los caños de los fusiles lograban posicionarse rectos junto al mío – tres – y los fogonazos fueron casi simultáneos. Pude ver como caían los dos artilleros y el armero. Nuestra puntería había sido muy efectiva. La granada estallo a los pocos segundos alcanzando al otro armero que ante el ataque no había tenido tiempo de nada. Un grito escalofriante se oyó, seguido de eso unos gemidos guturales nos indicaban que alguno había quedado vivo, pero mal herido. Luego de esperar lo suficiente para cerciorarnos de que estaban fuera de combate nos acercamos. Eran jóvenes también como nosotros. El que agonizaba ya había muerto y el vasco se lamentó – Me hubiera gustado rematarlo-.

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