miércoles, 14 de julio de 2010

¿La vida perfecta?

Por Victoria Bibiloni
Taller de Comprensión y Producción de Textos I
Año 2010

Fue la noche del 25 de septiembre de 1984 cuando mi vida y mi muerte se transformaron en la misma cosa. “Eso”, tan fétido y tan ahogante, tan violeta y pútrido, irrumpió en mi casa de la nada; se coló por la ventana, y se coló en mi mundo y en la existencia de quienes más amaba; danzó alrededor de la mesa, en la que estábamos mi mamá, mi hermano José y Fernando, mi prometido y sin que se lo pidiéramos ni nada parecido se quedó, para no irse nunca más.
En un principio, los cuatro fuimos presas del pánico. No terminábamos de entender qué era esa cosa intangible y repugnante, pero su sola presencia ya nos asustaba, nos mareaba y nos mantenía inmóviles sobre nuestros asientos. Esperar era lo único que pudimos hacer, lo único que nuestros cuerpos nos dejaron hacer, mientras tanto parecía que “eso” nos olisqueaba, nos analizaba y nos examinaba de la misma forma que un forense analiza a un cadáver.
Finalmente, o mejor dicho, para comenzar, atacó a mi madre; la dejó reducida a restos, inerte, dura, fría, sin alma y sin esa mirada que tantas veces me devolvía la seguridad cuando estaba en peligro, “eso” salió del cuerpo de mi madre y las risas juveniles de mi hermano quedaron aplacadas por mi griterío, a él también se le había metido adentro y lo había absorbido de la misma manera que lo hizo con mi mamá. José se quedó blanco, lívido, tendido en el suelo y en vez de las pupilas melosas que hacían de sus ojos los más cándidos que hubiera visto jamás había un vacío azufroso, podrido y estático.
Sin pensarlo dos veces giré hasta donde estaba mi novio quien me abrazó con todas sus fuerzas, buscaba protegerme y yo trataba de que al menos él se quedara conmigo. Esa cosa nos separó y un frío abismal invadió hasta la última de mis terminaciones nerviosas. Vi como mi chico pasaba por el mismo proceso que mi madre y mi hermano, su cuerpo, quizá ya sin alma, sin esencia, parecía el de un muñeco de trapo y no el de la persona que tanto había amado.
Quise gritar, pedir ayuda, tirarme por un barranco, salir corriendo, golpear a la cosa, fuera lo que fuera, quise hacer muchas cosas, pero no hice nada. Me quedé ahí, inmóvil, incapaz de articular una palabra o de mover un solo músculo… ¿era demasiado fuerte como para irme o demasiado débil como para atreverme a huir? No lo sabía, no lo supe.
“Eso” se llevaba las alma, la vida, el color, el perfume, el sabor… quedaba sólo el estuche, lo más insuficiente y carente de sentido que todos y cada uno de los seres humanos posee, lo inservible…
Seguía inmóvil, mientras el mazacote me examinaba, yo respiraba hondo, pretendía, incluso en un momento así no perder la calma, ¿me habría vuelto loca o lo que experimentaba era producto de toda la adrenalina que me recorría de pies a cabeza? respiré hondo otra vez, el latido de mi corazón me zumbaba en los oídos, se había tornado ensordecedor.
La bruma asquerosa me poseyó y de repente comencé a sentir cómo me comía por dentro, sentí que mis funciones vitales se iban debilitando, que mi respiración era más trabajosa, que el mundo comenzó a darme vueltas, que mi piel empalidecía y que mi existencia como tal se iba apagando, se me nubló el pensamiento y sentí mi último latido… me desvanecí y cerré los ojos.
El resplandor del sol me quemaba, ¿qué día era?, no lo sabía, ¿dónde estaba?, tampoco tenía una idea certera. Recordé los sucesos de la que pensé que había sido la noche anterior, me acordé de “Eso” y observé mi cuerpo; todo, absolutamente todo estaba en su lugar, tenía mis cinco dedos, los brazos y las piernas y tras verme en el espejo, vi que mis ojos seguían siendo azules.
— ¿Se te pegaron las sábanas? — me preguntó mi hermano
— ¿José?, José, estás vivo, ¡estás!.
— ¡Claro que estoy vivo!, ¿pretendés que me muera?
—No, claro que no.
—Bajá a desayunar. Ya mi chica está en la sala y quiero presentártela. Desde hace un par de horas Fernando está aquí, acaba de volver de Tailandia
— ¿Tailandia?
—Sí, cuando te vea no lo va a poder creer. Ya le dijimos, pero no lo puede creer
— ¿Creer qué?
— ¿Te pasa algo?, recordá que no podés beber en tu estado. Levantate que te estamos esperando todos.
Me incorporé en la cama y pude observar a qué se refería mi hermano. Estaba embarazada, embarazadísima… era increíble e imposible. Fernando y yo habíamos decidido adoptar porque en reiteradas ocasiones me habían confirmado que era estéril.
Algo no estaba bien, definitivamente…El día anterior había perdido a mi familia y ahora estaba embarazada, mi novio que volvía de una excursión de Tailandia, el lugar al que siempre quería ir, pero nunca podía llegar, y mi hermano que hacía años penaba por un amor no correspondido estaba por presentarme a su novia…
Si el día anterior me había aterrado, ahora más. ¿Cuál era la verdad?, ¿estaban todos bien y el sueño era “Eso”? ¿O todo estaba mal y la bruma me producía aquellos sueños de una realidad perfecta?
—Esto es increíble, amor— musitó mi prometido.
— Hija, vamos a desayunar antes de que Osvaldo se vaya de cacería.
¿Osvaldo? Osvaldo era el amor de juventud de mi mamá, ¿cómo podía ser que él estuviera allí también?, ¿cómo podía ser que él estuviera viviendo en mi casa y no con su esposa e hijos?, ¿cómo podíamos estar y ser todos teniendo tal grado de perfección en nuestras vidas?
— ¿Qué está pasando? — Pregunté— ¿dónde estamos?
—Amor, ¿Qué te pasa?, ¿tanto me extrañabas? — preguntó Fernando nervioso
—Sí, te extrañé mucho— me acerqué hacia él y le di un abrazo. Su cuerpo estaba helado y su piel nívea… no parecía él. No era él.
Sonreí y el resto de mi familia me devolvió la sonrisa. Cuando levanté la vista vi que los cuatro pares de ojos que tenía a mi alrededor estaban cubiertos de un fulgurante brillo violeta. Bajé la vista y vi otro par de luces violeta que procedían de mi abdomen.
—Es un varón— me aseguró mi novio. —Se llamará Fidel, como mi padre.
Todos rieron otra vez.

No hay comentarios:

Publicar un comentario